Como quizá sepas, las imágenes que vemos de los objetos del Sistema Solar (y de otros lugares de la Vía Láctea) no siempre son representaciones exactas de la realidad. En ocasiones, las imágenes pueden haber sido alteradas o mejoradas por diferentes motivos… Así que, ¿cómo son de verdad?

Una práctica común

Una representación artística de los planetas y otros objetos del Sistema Solar. Crédito: NASA
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Una representación artística de los planetas y otros objetos del Sistema Solar.
Crédito: NASA

El tratamiento de las imágenes es una práctica común en la astronomía (no sólo con planetas, si no también con otros objetos, especialmente las nebulosas). A menudo, se utilizan filtros y mejoras de los colores para hacer que las diferentes características sean fáciles de observar y de distinguir. No se hace con intención de ocultar nada (como algunos conspiranoicos han sugerido en ocasiones, especialmente con el color de la Luna) si no que se utiliza con fines mucho más prácticos.

Así que, ¿cuál es el aspecto de los planetas del Sistema Solar cuando los observamos en imágenes que no hayan sido modificadas? Ya sabemos que la Tierra parece una especie de canica azul y, en el resto de planetas, su color depende en gran medida de su composición. Si es un planeta terrestre (compuesto principalmente de minerales y silicatos) entonces su apariencia será, seguramente, de un tono gris o de mineral oxidado. También es necesario tener en cuenta el papel de la atmósfera del planeta, que también influye en su color, dependiendo de cuanta luz absorba y refleje del Sol.

Mercurio

Mercurio visto por la sonda Messenger en 2.008 Crédito: NASA
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Mercurio visto por la sonda Messenger en 2.008
Crédito: NASA

Es difícil obtener buenas imágenes de Mercurio por su cercanía a nuestra estrella. Desde la Tierra, es prácticamente imposible tomar fotos claras por esa cercanía (hasta el punto de que es el único planeta que el telescopio Hubble nunca ha podido fotografiar). Así que las únicas imágenes decentes que tenemos son las que han ido tomando las diferentes misiones que lo han visitado. La sonda Mariner 10 y, recientemente, la sonda MESSENGER, que también nos ha servido para obtener mucha información sobre su superficie.

El aspecto de la superficie de Mercurio es muy similar a la de la Luna, en el sentido de que es gris, moteada, y recubierta de cráteres causados por los impactos de asteroides. Como es un planeta rocoso, se compone principalmente de hierro, níquel y silicatos, diferenciados entre un núcleo metálico y un manto y corteza rocosos. También tiene una atmósfera, extremadamente tenue, que está compuesta de hidrógeno, helio, oxígeno, sodio, calcio, potasio y otros elementos.

De hecho, esa atmósfera es tan delgada que no la clasificamos como atmósfera si no como exosfera, no recibe ni refleja la luz que recibe. Las moléculas que la forman están ligadas gravitacionalmente a Mercurio (o al objeto en el que estén presentes) pero no son suficientes como para actuar como lo haría un gas. Así que cuando observamos Mercurio, ya sea desde el espacio o desde la superficie, lo que vemos es su terreno sin ningún obstáculo, y lo que vemos es un planeta gris oscuro y rocoso.

Venus

Venus, en color real, fotografiado por la sonda Mariner 10. Crédito: NASA
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Venus, en color real, fotografiado por la sonda Mariner 10.
Crédito: NASA

El color de Venus depende en gran medida de nuestra posición al observarlo. Aunque es un planeta rocoso, tiene una atmósfera extremadamente densa de dióxido de carbono, nitrógeno y dióxido de azufre. Esto quiere decir que, desde la órbita, no podemos ver más que una capa densa de nubes de ácido sulfúrico y ningún detalle de su superficie. Esto provoca que el planeta tenga un color amarillento al verlo desde el espacio, porque esas nubes absorben el color azul.

Los mapas por radar de Venus muestran que están dominados por las estructuras volcánicas. Crédito: NASA/JPL
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La superficie de Venus, observada por la sonda Magallanes a través de un rádar.
Crédito: NASA/JPL

Desde el suelo, sin embargo, la visión es muy diferente. Venus es un planeta terrestre sin vegetación ni agua, así que tiene una superficie muy rugosa y rocosa. Las primeras imágenes de su superficie nos las proporcionaron las sondas soviéticas Venera, pero es difícil saber cuál es el auténtico color de su superficie porque la atmósfera filtra el color azul. Sabemos que está compuesta, principalmente, de rocas basálticas ígneas, que probablemente le darían un aspecto grisáceo más parecido al de Mercurio o la Luna.

La Tierra

La Tierra, vista el 6 de julio de 2015, desde una distancia de 1,5 millones de kilómetros. Crédito: NASA
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La Tierra, vista el 6 de julio de 2015, desde una distancia de 1,5 millones de kilómetros.
Crédito: NASA

Todos conocemos el color de La Tierra gracias a décadas de observaciones aéreas, orbitales y espaciales. Es un planeta terrestre con una densa atmósfera rica en oxígeno y nitrógeno. Su aspecto se debe al efecto de dispersión de la luz de nuestra atmósfera y océanos, que provocan que la luz azul se disperse más que el resto de colores por lo corta que es su longitud de onda. El agua también absorbe la luz de la parte roja del espectro, por lo que le da un aspecto azul desde el espacio que lo hace inconfundible. Carl Sagan hizo referencia a él en una de las fotos más famosas de la astronomía, cuando definió a nuestro mundo como un punto azul pálido.

Todo esto junto a las nubes blancas, que cubren parte de nuestro cielo, hacen que nuestro planeta tenga una apariencia de canica azul. El color de la superficie depende de qué estemos observando, puede ir desde el verde (en los lugares en los que hay más vegetación y bosques, a amarillo y marrón (en el caso de desiertos y regiones montañosas) y al blanco (nubes y lugares de formación de hielo).

Marte

Marte, fotografiado por el telescopio Hubble en 2003. Crédito: NASA, ESA, and The Hubble Heritage Team (STScI/AURA)
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Marte, fotografiado por el telescopio Hubble en 2003.
Crédito: NASA, ESA, and The Hubble Heritage Team (STScI/AURA)

Marte es conocido como el planeta rojo. Por su tenue atmósfera y su cercanía a nuestro planeta, hace más de un siglo que somos capaces de observarlo con bastante claridad. En las últimas décadas, gracias al desarrollo del viaje y la exploración espacial, nuestro conocimiento ha aumentado exponencialmente. Ahora, sabemos que Marte es similar a nuestro planeta en muchos aspectos, incluyendo similitudes en su composición y la existencia de patrones atmosféricos.

La mayor parte de Marte es marrón rojizo, atribuido a la presencia del óxido de hierro en su superficie. El color también es muy evidente por su delgada atmósfera, aunque de vez en cuando se puede ver alguna nube y también podemos encontrar el blanco característico del hielo en las regiones polares.

Júpiter

Júpiter visto por la sonda Cassini. Crédito: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Southwest Research Institute - National Aeronautics and Space Administration
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Júpiter visto por la sonda Cassini.
Crédito: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Southwest Research Institute – National Aeronautics and Space Administration

Júpiter tiene un aspecto inconfundible por sus bandas naranjas y marrones, mezcladas con bandas blancas. Su color tiene su origen en su composición y sus patrones atmosféricos. Como gigante gaseoso, la capa exterior está compuesta de nubes de hidrógeno, helio y restos de otros elementos que llegan a moverse a velocidades de 360 km/h.

Los tonos blancos y anaranjados se deben a la exposición de compuestos que cambian de color cuando entran en contacto con la luz ultravioleta del Sol. Estos compuestos, conocidos como cromóforos y formados, probablemente, por azufre, fósforo e hidrocarburos, se forman cuando las células de convección crean amoniaco cristalizado que oculta esas nubes bajas de nuestra vista.

La imagen más detallada de Júpiter fue hecha a partir de imágenes tomadas por una de las cámaras de la sonda Cassini, que nos permitió crear un mosaico de imágenes en color real. Fueron tomadas el 29 de diciembre de 2000, durante su mayor acercamiento al planeta gigante, a una distancia aproximada de unos 10 millones de kilómetros.

Saturno

Esta imagen de Saturno y sus anillos fue creada a partir de imágenes tomadas por la sonda Cassini en 2013.  Crédito: NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute/G. Ugarkovic
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Esta imagen de Saturno y sus anillos fue creada a partir de imágenes tomadas por la sonda Cassini en 2013.
Crédito: NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute/G. Ugarkovic

Saturno tiene un aspecto muy similar a Júpiter, con bandas que recorren todo el planeta. Sin embargo, como tiene una densidad muy inferior, esas franjas son mucho más tenues y mucho más anchas en el ecuador. Está compuesto principalmente de hidrógeno y helio, con pequeñas cantidades de elementos volátiles como amoniaco, rodeado de un núcleo rocoso.

La presencia del hidrógeno hace que las nubes tengan un color rojo intenso. Sin embargo, suelen verse ocultas por las nubes de amoniaco, que están más cerca del borde exterior de la atmósfera y cubren todo el planeta. La exposición del amoniaco a la radiación ultravioleta del Sol hace que adquiera un tono blanco. En combinación con las nubes rojas, que se encuentran a más profundidad, obtenemos ese color dorado pálido característico de Saturno. Las mejores imágenes, hasta la fecha, fueron tomadas por la sonda Cassini a lo largo de varios sobrevuelos realizados entre 2004 y 2013.

Urano

Urano, fotografiado por la sonda Voyager 2. Crédito: NASA
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Urano, fotografiado por la sonda Voyager 2.
Crédito: NASA

Al ser un gigante gaseoso helado, Urano se compone principalmente de hidrógeno y helio molecular, junto a amoniaco, agua, ácido sulfhídrico y pequeñas cantidades de hidrocarburos. Pero es la presencia de metano la que le da ese color azul cian o aguamarina, por su capacidad de absorción en las bandas visibles y cercanas al infrarrojo (o dicho de otro modo, absorbe principalmente el rojo).

Hasta la fecha, las únicas fotos detalladas que tenemos de Urano fueron tomadas por la sonda Voyager 2, que lo sobrevoló en 1986. Su máxima aproximación sucedió el 24 de enero de 1986, cuando se encontró a solo 81.500 kilómetros de distancia de las capas más altas de la atmósfera. Después, continuó su viaje hacia Neptuno.

Neptuno

Las tormentas de Neptuno (la tormeta más grande, en el centro a la izquierda, y una más pequeña en el sur). Crédito: NASA/Voyager 2 Team
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Esta reconstrucción de imágenes tomadas por la sonda Voyager 2 nos muestra la Gran Mancha Oscura (parte izquierda) de Neptuno.
Crédito: NASA/Voyager 2 Team

Neptuno tiene una apariencia similar a Urano, debido en gran medida a su similar composición. Está formado principalmente por hidrógeno y helio, y también tiene pequeñas cantidades de hidrocarburos, nitrógeno, agua, amoniaco y metano. Como tiene una proporción de metano y amoniaco más alta que Urano y está a más distancia del Sol (por lo que recibe menos iluminación) presenta un color azul más oscuro.

Sin embargo, Neptuno tiene una atmósfera activa en la que es fácil observar patrones atmosféricos. El más famoso es la Gran Mancha Oscura, una tormenta anticiclónica que recuerda a la Gran Mancha Roja de Júpiter. Al igual que el resto de zonas oscuras del planeta, presenta un tono de azul más oscuro que lo que le rodea.

La sonda Voyager 2 es la responsable de habernos enviado las únicas imágenes tomadas de cerca que tenemos. Fueron hechas el 25 de agosto de 1989, y aunque su color fue tratado ligeramente, siguen siendo una buena representación de esos tonos azules oscuros que podemos encontrar en el planeta más lejano del Sistema Solar.

Como puedes ver, el tratamiento de imágenes, en última instancia, no se hace para presentarnos una imagen completamente diferente de la realidad. En su lugar, nos sirven para poder apreciar mejor los detalles y particularidades de cada uno de los planetas que componen este pequeño rincón de la Vía Láctea…

Referencias: Universe Today