La NASA ha confirmado que la sonda Voyager 2 se ha adentrado en el espacio interestelar. Es la segunda nave en lograrlo (después de Voyager 1). Pero por extraño que esto suene, no quiere decir que haya abandonado el Sistema Solar. ¿Cómo es posible?

La sonda Voyager 2 está en el Sistema Solar… y no lo está

La sonda Voyager 2 entra en el espacio interestelar
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Ilustración de la posición de las sondas Voyager en el espacio interestelar, lejos de la heliosfera.
Crédito: NASA/JPL-Caltech

Comencemos por lo más importante. A la hora de definir los límites del Sistema Solar podemos usar dos referencias completamente diferentes. La más tradicional, y que quizá todos tengamos en la cabeza, es la que tiene que ver con la gravedad. El Sistema Solar está compuesto por el Sol y todos aquellos objetos ligados gravitacionalmente a nuestra estrella. Es decir, desde los planetas del interior del sistema solar hasta la distante Nube de Oort.

Si nos ceñimos a esta definición, la sonda Voyager 2 está todavía en el Sistema Solar. De hecho, tardará todavía cientos de años en alcanzar el borde interior de la Nube de Oort. Le llevará decenas de miles de años atravesarla. Así que, ¿a qué nos estamos refiriendo entonces? ¿Por qué dice la NASA que la sonda está en el espacio interestelar? En este caso, lo que se está utilizando es una segunda definición que también es válida.

La NASA, en este caso en particular, define los límites del Sistema Solar como la región que queda más allá de la burbuja que forma el viento solar emitido por el Sol. Es una burbuja llamada heliosfera. En su interior se encuentran todos los planetas y gran parte de objetos ligados gravitacionalmente al Sol. Pero no todos (como es el caso de la Nube de Oort). Esta definición, sin embargo, es científicamente muy interesante por las oportunidades que ofrece.

Estudiando el espacio más allá de la influencia del Sol

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Esta animación muestra la evolución de los datos recogidos por Voyager 2 a lo largo del tiempo, tanto en cantidad de rayos cósmicos detectados, como partículas de la heliosfera.
Crédito: NASA/JPL-Caltech

Aunque las sondas Voyager siguen dentro de la influencia gravitacional del Sol, ya no están dentro de la influencia de su heliosfera. La sonda Voyager 2 ha seguido los pasos de su antecesora. Se encuentra a unos 18 000 millones de kilómetros de la Tierra. Al encontrarse lejos de la esfera protectora del viento solar, es posible analizar cuáles son las condiciones en el espacio en el que se percibe la influencia de otras estrellas y otros fenómenos.

Por ejemplo, fuera de la heliosfera, la cantidad de rayos cósmicos aumenta notablemente. Además, en el caso de la sonda Voyager 2, su instrumento de medición de plasma da información muy clara. En el caso de Voyager 1, ese mismo instrumento dejó de operar en 1980. Fue mucho antes de que alcanzase la heliopausa (la región más exterior de la heliosfera  que marca el límite entre la burbuja del viento solar y el espacio interestelar).

Voyager 2 ha detectado que la velocidad del plasma, formado por las partículas procedentes del Sol, ha disminuido enormemente con el paso del tiempo. Desde noviembre, la sonda Voyager 2 ya no ha detectado movimiento alguno del viento solar en su entorno. Algo que indica que la nave se encuentra fuera de la esfera de influencia del viento solar de nuestra estrella. Al mismo tiempo, y como sucedió con Voyager 1, se ha observado un gran aumento de la cantidad de rayos cósmicos.

Analizando el espacio más allá del Sol

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Concepto artístico de una sonda Voyager en el espacio interestelar.
Crédito: Don Davis

La sonda Voyager 2 (y la 1) por tanto, ahora ofrecen una oportunidad única. Los científicos tienen la oportunidad de estudiar cómo interacciona la heliosfera con el medio interestelar dominado por los rayos cósmicos y la influencia de otras estrellas. Será posible estudiar las diferencias con nuestro entorno. ¿Hasta qué punto aumenta el nivel de rayos cósmicos lejos de la esfera protectora del Sol? ¿qué condiciones hay dentro del Sistema Solar pero lejos de su influencia?

Las sondas todavía seguirán funcionando unos años más. Ambas funcionan con un pequeño generador nuclear que está agotando su energía. Pero no podemos olvidar que fueron lanzadas a finales de los años 70. Habían sido concebidas para durar cinco años y analizar Júpiter y Saturno. También surgió la posibilidad (y se aprovechó) de visitar Urano y Neptuno. Llevan más de 40 años en funcionamiento y todavía les quedan algunos más.

Eso sí, cada vez con las capacidades más limitadas, al ser necesario desconectar instrumentos para que puedan seguir operando. Por delante quedan todavía unos años para entender mejor cuáles son las condiciones en el espacio más allá del Sol. Aunque pueda parecer poco, por que las sondas funcionan de una manera muy limitada, será información que, sin duda, resultará muy útil para la comunidad científica.

Una misión complementaria

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La Gran Mancha Roja de Júpiter fotografiada por la sonda Voyager 2.
Crédito: NASA

Las observaciones de la sonda Voyager 2 están siendo, también, un buen complemento para otras dos misiones. Una de ellas, IBEX, está en marcha desde 2008. Su objetivo es elaborar, desde el entorno de la Tierra, un mapa de los límites entre el espacio interestelar y la heliosfera. Otra misión, planeada para 2024, es IMAP, que también buscará analizar las partículas que alcanzan nuestro planeta desde el espacio interestelar.

Por todo ello, los datos recogidos por la sonda Voyager 2 son muy útiles. Por un lado, porque es posible compararlos con los recogidos por la sonda Voyager 1. Ambas se encuentran en lugares distintos. Además, es posible compararlos y utilizarlos también en otros experimentos que, desde la distancia, están intentando ayudarnos a comprender mejor cómo es el límite del Sistema Solar y cómo varía la forma de la heliosfera en función de las circunstancias.

Así que, por raro que pueda sonar, la sonda Voyager 2 está al mismo tiempo en el espacio interestelar y en el Sistema Solar. Todavía tardará decenas de miles de años en atravesar la Nube de Oort y abandonar, definitivamente, la región de influencia gravitacional de nuestra estrella. Muchísimo antes, evidentemente, ya no tendrá la capacidad de realizar ningún tipo de ciencia. Será, como Voyager 1, un mensajero silencioso que orbitará al centro de la galaxia.

Un legado de la humanidad

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Los discos de oro de las Sondas Voyager.
Crédito: NASA

Las sondas Voyager son, también, un legado de nuestra especie. Cada una de ellas incorpora un disco de oro. En él, se contiene multitud de información sobre diferentes aspectos. Por un lado, la ubicación de la Tierra y el Sistema Solar. Algo posible indicando la distancia al centro de la galaxia y a algunos de los púlsares conocidos. También se indica cómo construir un tocadiscos con el que poder leer el contenido del disco.

En el disco en sí se incluye mucha información diferente. Hay imágenes, arte, música… Son, en todos los sentidos, una imagen de quiénes éramos a finales de los años 70. Las sondas Voyager aguantarán miles de millones de años y se calcula que los discos de oro podrían ser legibles durante unos mil millones de años. Si, por algún casual, una civilización interceptase alguna de las sondas, podría descifrar su contenido y comprender esa información.

Pero, por desgracia, la posibilidad de que suceda en algún momento futuro es extremadamente baja. No solo por las enormes distancias entre estrellas. También porque, al no emitir ningún tipo de señal, será mucho más difícil detectarlas. Es extremadamente improbable que una civilización llegue a detectarlas. En cualquier caso, lo importante es que las sondas Voyager siguen ayudando al desarrollo científico 40 años después de su lanzamiento…

Referencias: NASA