Imagina una gran roca espacial, de unos cuantos cientos de metros de diámetro, de camino a la Tierra. Imagina su llegada. Imagina su sombra ominosa cerniéndose sobre la ciudad. Y después… nada. Se desintegra en la atmósfera como si fuese arena de playa…

Asteroides alrededor de la Tierra

Concepto artístico de un objeto cercano a la Tierra. Crédito: NASA
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Concepto artístico de un objeto cercano a la Tierra.
Crédito: NASA

Es muy posible que el firmamento sea más seguro de lo que creíamos. La mayor parte de los asteroides son blandos, y eso son buenas noticias para nuestro planeta. A estas alturas, hemos descubierto más del 90 por ciento de los asteroides y cometas, con un tamaño superior a un kilómetro, en el vecindario de la Tierra. Sin embargo, si alguno de ellos se acercase lo suficiente a nuestro planeta, podría tener consecuencias catastróficas. Tenemos alguna que otra idea sobre cómo alejarlos con la ayuda de velas solares o propulsores, pero el éxito de ese tipo de planes depende de nuestra comprensión de la composición de estas rocas espaciales, y de si pueden romperse, o no.

Los meteoros caen constantemente en la Tierra en forma de meteoritos, pero recuperamos muy pocos fragmentos, así que los científicos suelen ser reticentes a machacarlos para poder estudiar su contenido y su comportamiento. Es comprensible, no es que tengamos una reserva de la que echar mano cada vez que nos plazca. En su lugar, utilizamos las rocas que podemos encontrar en nuestro planeta como modelo del posible comportamiento de una roca espacial.

El análisis de los meteoritos

Concepto artístico de un asteroide despedazándose en el espacio. Crédito: NASA/JPL-Caltech
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Concepto artístico de un asteroide despedazándose en el espacio.
Crédito: NASA/JPL-Caltech

Recientemente, un equipo de científicos de la Universidad Estatal de Arizona, en Tempe, han decidido sacrificar varios fragmentos (por el bien común), en forma de cubo de un centímetro de tamaño, de meteoritos que han sido bien estudiados, uno que cayó en México en 1969 y otro que cayó en Marruecos en 2008. Querían descubrir hasta qué punto es válido comparar las rocas terrestres con los meteoritos, y determinar si realmente podemos fiarnos de las rocas de la Tierra para las pruebas sobre cómo afrontar el desvío de posibles asteroides que estén en ruta de colisión con nuestro planeta.

 

Cuando los investigadores machacaron estos cubos, descubrieron que eran tan frágiles como el cemento. Extrapolando las fuerzas y debilidades de estas pequeñas muestras a escalas más grandes, han sido capaces de calcular cuál es la probabilidad de rotura de meteoritos de diferentes tipos (de composición) y tamaños. El resultado es que las rocas espaciales procedentes del cinturón de asteroides son más frágiles que las rocas que podemos encontrar en nuestro planeta. Los asteroides más frágiles tienen más probabilidades de despedazarse en la atmósfera, provocando esas bolas de fuego brillantes que podemos ver en vídeos (y que quizá incluso hayas visto alguna vez en persona) en lugar de cráteres de impacto.

La supervivencia del más fuerte

Representación artística del asteroide Apofis acercándose a la Tierra
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Representación artística del asteroide Apofis acercándose a la Tierra

En realidad, esto encaja con lo que vemos en la superficie. Con el tiempo, vemos (u oímos hablar de) muchas más bolas de fuego que de cráteres, y sólo los meteoritos de hierro (que son los más fuertes y los que tienen una densidad superior) son capaces de sobrevivir al paso por la atmósfera para terminar estrellándose contra el suelo y crear cráteres de unos pocos kilómetros de diámetro. Por eso podemos explicar por qué los meteoros que tienen el tamaño de un coche se desintegran en la parte más alta de la atmósfera. Son blandos, con una fuerza y dureza que se podría comparar con la de arena comprimida.

Así que, si nos fiamos de la lectura más sencilla que podemos realizar de este estudio, en principio podríamos estar ante buenas noticias. Querría decir que los asteroides más grandes, que son los que podrían hacer más daño en una colisión con la Tierra, tienen más probabilidad de desintegrarse antes de tocar la superficie. Sin embargo, eso no quiere decir que los asteroides ya no supongan un peligro, ni mucho menos. Es más, complica el trabajo de aquellos investigadores que están centrados en proyectos para desviar asteroides en rumbo de colisión, porque los más débiles serían más complicados de desviar.

Algunos pueden ser peligrosos de todos modos. Que sean blandos no quiere decir que tengan el tiempo suficiente para desintegrarse y explotar en la atmósfera antes de llegar a superficie. Por encima de los 100 metros de tamaño, es muy probable que golpeen a nuestro planeta antes de que se encuentren con la cantidad necesaria de aire para provocar su desintegración.

Todavía los desconocemos

Imagen de los cristales destrozados, por la explosión del meteorito, en el Teatro de Cheliábinsk. Crédito: Nikita Plekhanov
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Imagen de los cristales destrozados, por la explosión del meteorito, en el Teatro de Cheliábinsk.
Crédito: Nikita Plekhanov

En el fondo, lo que este estudio nos quiere decir es que la comunidad científica necesita ser precavida a la hora de estudiar cómo se comportan los asteroides y otros objetos pequeños. Los meteoritos que sobreviven el viaje a través de la atmósfera hasta alcanzar la superficie de nuestro planeta representan sólo la parte más resistente de la roca, siendo el 90% restante, perdido durante la travesía a través de la atmósfera, más blando.

También hay que recordar que el impacto de un meteorito no es el único peligro al que nos enfrentamos. La explosión de un asteroide en la atmósfera puede ser igual de peligrosa para la integridad de los habitantes de la región en la que estalle. Ya lo vimos en 2013, cuando un meteoro de 20 metros de diámetro explotó sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk, liberando una energía equivalente a la de entre 20 y 30 veces la bomba atómica de Hiroshima, hiriendo a más de 1.500 personas. Los resultados del estudio han sido publicados en la revista Icarus.

Referencias: New Scientist, Icarus