Pocos astrónomos de la antigüedad capturan la imaginación de la gente de la manera en la que lo hacen los Mayas (o al menos, hasta el final de 2012, cuando tuvimos tantas noticias sobre el presunto fin del mundo vaticinado por el calendario maya). Sus acertados cálculos astronómicos y sus matemáticas avanzadas estaban profundamente integradas en la religión y los augurios, permitiendo a sus sacerdotes discernir la voluntad de los dioses que se ocultaba tras los fenómenos naturales.

codice dresde
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El Códice Dresde, el códice maya más antiguo que conservamos (el resto fueron destruidos por nuestros antepasados españoles, que los consideraban paganos).

Los mayas estaban completamente dedicados a la astrología, hasta el punto de que dominaba cada aspecto de su vida cotidiana. Aunque solemos ver la astrología como una sarta de sandeces, para las antiguas civilizaciones era una parte integral de sus vidas, prediciendo los ciclos de la naturaleza, vida, muerte y renacimiento que eran esenciales para sus sociedades. Por ello, no sorprende que los mayas observasen las estrellas para determinar las temporadas, y desarrollaron su propio calendario, intentando crear mediciones aun más precisas.

El calendario Maya

Sin duda, la contribución más enigmática a la astronomía por parte de los mayas es su calendario, un sistema complejo de ciclos que controlaban el tiempo de una manera más precisa que los nuestros. Los dos calendarios principales eran el ceremonial (el Tzolk’in), un calendario de 260 días de 13 números y 20 nombres de días, y el calendario ambiguo (el Haab), de 365 días. Este calendario tenía 18 meses de 20 días, con un mes de 5 días al final del año. El motivo por el que usaban 20 días para el mes es que se basaban principalmente en su sistema numérico vigesimal, es decir, de base veinte, en lugar de nuestro sistema decimal, que es de base diez. Además, tenemos evidencias de que los mayas eran conscientes de que el año no duraba 365 días, pero no hicieron nada por corregirlo (probablemente porque no encajaba con su sistema de base 20).

Estos calendarios funcionaban conjuntamente y solían ser mezclados, describiendo la fecha con el número y el nombre de día del calendario tzol’kin seguido del número y nombre del día en el calendario haab. Este engranaje les proporcionó otra unidad para medir el tiempo: el calendario circular, un ciclo de 52 años cuando las fechas comenzaban a repetirse de nuevo (del mismo modo que nuestro calendario gregoriano se repite cada 400 años).

Los mayas también tenían un calendario a largo plazo, para asegurarse de que pudieran distinguir entre los diferentes ciclos. Este ‘calendario largo’ comenzó el 13 de agosto del año 3.114 antes de nuestra era, según el calendario gregoriano, y era simplemente una cuenta desde el día cero. El periodo completo tiene una duración de 5.125,25 años y es conocido como un Gran Ciclo. Los mayas creían que el final de uno de estos grandes ciclos anunciaba el final de una era y el inicio de catástrofes. De ahí surgen las disparatadas historias sobre las profecías que leímos, vimos y escuchamos durante 2012, porque en ese año terminaba el Gran Ciclo.

La astronomía maya

Los mayas nunca destacaron por tener instrumentos complejos para cartografiar las posiciones de objetos celestes, así que hacían sus observaciones a simple vista. Quizá usasen instrumentos rudimentarios, pero carecían de sextantes o esferas armilares de otras civilizaciones. Estaban especialmente interesados en ciertos objetos astronómicos muy específicos: el sol, la luna, Venus y ciertos cúmulos de estrellas y constelaciones. Estos objetos recibían toda la atención de los sacerdotes-astrónomos, que dedicaron generaciones a determinar sus rutas a lo largo del cielo (y de las estaciones).

El objeto más importante en el cielo era el Sol, que siempre ha sido reconocido en todas partes como la principal fuente de vida en la Tierra. Tonatiuh, un águila roja con un ojo enorme era el dios asociado con el astro rey. Debido a la inclinación del eje de la Tierra, el Sol aparece en diferentes posiciones en el cielo dependiendo del momento del año. Llegaron a calcular con mucha precisión el momento en el que el sol se alzaría y se pondría, y aun más sorprendente, determinaron que la duración del año solar de 365 días (como ya había mencionado anteriormente). La duración del año, en realidad, como ya sabrás, es de 365,2422 días.

El templo de las inscripciones, en la zona arqueológica de Palenque
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El templo de las inscripciones, en la zona arqueológica de Palenque

La Luna fue otro objeto de interés para los mayas. Estaba representada por la imagen de una deidad (mujer) que tenía una poderosa influencia sobre los eventos terrestres. La luna creciente tenía los atributos de una mujer bella, idealizada, mientras que la luna menguante tenía los atributos de una mujer anciana, una deidad que reinaba sobre los nacimientos. Allá por el año 300 de nuestra era, los mayas comenzaron a llevar un registro de las lunaciones sinódicas, es decir, el intervalo de tiempo entre lunas llenas consecutivas. Un astrónomo maya calculó que había 149 lunas en un período de 4.400 días, que dan una lunación media de 29,53 días. En la ciudad de Palenque (Chiapas, México), se descubrió que había 405 lunas en 11.960 días, por lo que la lunación media era de 29,53086 días. Es una precisión muy destacable, porque la media real es de 29,5309 días.

Venus fue fuente de gran atracción para los mayas. Creían que estaba conectado con una de sus deidades más importantes: Quetzalcoatl. El planeta era conocido como Xux Ek, la «Gran estrella», y los mayas sabían que era el mismo objeto que aparecía tanto en la mañana como en la tarde a lo largo del año. Determinaron que su período sinódico (es decir, cuánto dura su órbita) era de 584 días, de nuevo, muy cercano a los 583,92 que necesita para cubrir su órbita. Cuando Venus se alzaba en el cielo durante la mañana, se consideraba que era una señal de mala suerte, y todo el mundo permanecería en el interior de sus casas, bloqueando sus chimeneas para que la luz maligna de Venus no pudiese entrar. No sólo calcularon el período sinódico de Venus, también dedujeron que el de Marte era 780 días (dura 779,936) y el de Mercurio de 117 días (dura 116), pero no demostraron mucho interés en Júpiter y Saturno. Ninguno de los planetas llegó a ser visto como objetos diferentes al resto de las estrellas, algo atípico si tenemos en cuenta que, en comparación a las estrellas, se mueven mucho más en el cielo.

Las constelaciones y los eclipses

Algunos cúmulos estelares y las constelaciones también tenían un significado especial para los Mayas. Por ejemplo, las Pléyades aparecen en el cielo diurno hacia finales de Abril. Por ello, los mayas sabían que a partir de ese momento podían comenzar con la temporada de plantación, ya que podían predecir cuando aparecería este cúmulo en conexión con la aparición de otras constelaciones en el horizonte. Las Pléyades eran conocidas como tianquiztli, que quería decir «mercado». Hay evidencias de que los Mayas creían que las Pléyades eran el centro de las estrellas fijas, en lugar de Polaris, alrededor de la que todo el cielo parece girar. Los constructores de la antigua ciudad de Teotihuacan alinearon su calle principal con las Pléyades. Polaris, sin embargo, era usada por los viajeros para orientarse en el terreno.

Cuanto más cerca estamos del ecuador, más vívido es el cielo de la Tierra. Como el planeta es esférico, en el ecuador la gente tiene la posibilidad de ver todas las constelaciones visibles en el mundo (el doble de las visibles en cualquiera de los polos). Las constelaciones como el Carro, el Cinturón de Orión, Casiopea y Crux (la Cruz del Sur) también eran importantes para los mayas, aunque las veían de manera diferente a las tradiciones occidentales. Los festivales tenían lugar cuando las Pleyádes y el Cinturón de Orión se alzaban con el ocaso y se ponían con el amanecer. Otros objetos, como los cometas se creía que tenían una conexión más directa con el mundo de los humanos. Si un cometa aparecía en el cielo, era el augurio de la muerte de una persona de la nobleza. A menudo se establecían correlaciones entre los eventos celestiales y terrestres, provocando una conexión permanente entre hombres y dioses.

Por supuesto, no podemos olvidarnos de la importancia de los eclipses. Los eclipses solares, conocidos como chi’ ibal kin, o «comerse el sol», eran una fuente de angustia para la sociedad maya. Los eclipses pueden ser aterradores para aquellos que no entienden los motivos básicos por los que suceden, por lo que estar preparados para ellos era muy importante. Predecir los eclipses es una tarea muchomás complicada que determinar cuándo se va a poner el sol, o cuándo va a amanecer, porque implicaba establecer una correlación entre las lunaciones sinódicas y el calendario solar. Dicho de otro modo, por si suena a chino, hay que tener en cuenta el movimiento de la Tierra, el Sol y la Luna, algo que no es nada sencillo, porque la órbita de la Luna está inclinada 5 grados respecto al plano orbital de la Tierra, y por eso los eclipses no ocurren con cada luna llena o cada luna nueva. En su lugar, sólo ocurren cuando la luna está en el plano eclíptico al mismo tiempo que está en la posición correcta para estar en línea entre el Sol y la Tierra.