Todas las criaturas de la Tierra (o casi todas) tienen un reloj biológico. Hasta donde sabemos, parece que es un requisito imprescindible para la vida. En nuestro planeta, la mayor parte de formas de vida se guían por el Sol. Pero… ¿cómo funcionaría en un planeta que no tenga día y noche?

Los planetas en rotación síncrona

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Este concepto artístico muestra la posible superficie de TRAPPIST-1f.
Crédito: NASA/JPL-Caltech

De un tiempo a esta parte, las enanas rojas han saltado al foco de actualidad. Los hallazgos de mundos como Próxima b, o el de TRAPPIST-1 han hecho que comencemos a hablar de estos pequeños mundos rocosos. Una de las cosas de las que más solemos hablar es la rotación síncrona. A diferencia de los planetas del Sistema Solar, en una enana roja todo está mucho más cerca. Como ejemplo, los siete mundos de TRAPPIST-1 se encontrarían dentro de la órbita de Mercurio.

Esa proximidad a su estrella tiene un efecto negativo. Puede provocar que el planeta esté en rotación síncrona. Es decir, la misma cara siempre apunta hacia la estrella. Exactamente igual que lo que observamos con la Luna y la Tierra. Nuestro satélite siempre nos ofrece la misma cara. En el caso de un planeta esto es muy problemático. Quiere decir que un hemisferio está permanentemente iluminado, mientras el otro está en oscuridad perpetua.

Así que tenemos un hemisferio que es un horno. Probablemente sea desértico y con temperaturas infernales. Mientras que el otro hemisferio es irracionalmente frío y sus temperaturas extremadamente bajas. Por supuesto, igual de árido. Eso nos deja una estrecha franja, en la que la estrella está cerca del horizonte, en la que las temperaturas podrían ser propicias para permitir que haya agua líquida. Es lo que llamamos una Tierra en forma de ojo.

Un reloj biológico sin día y noche

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Concepto artístico de la superficie de Próxima b. En el horizonte se puede ver a Próxima Centauri y, en la lejanía, al sistema binario que forman Alfa Centauri A y B.
Crédito:
ESO/M. Kornmesser

No voy a hablar ahora de los problemas de habitabilidad de este tipo de mundos. Lo he hecho en alguna que otra ocasión. Aunque existen ciertas fórmulas que podrían permitir que los hemisferios tuviesen temperaturas mucho más agradables, seguimos enfrentándonos a un gran problema. En la Tierra, nuestro reloj biológico está gobernado por el ciclo solar. Funcionamos con la salida y puesta del Sol.

Pero, si nuestra estrella nunca se pusiese… ¿cómo saber cuándo deberíamos irnos a descansar? ¿de qué manera podría saber nuestro cuerpo que es el momento de despertar y arrancar un nuevo día? No son preguntas baladíes. Creemos que la ausencia de un reloj biológico puede impedir que la vida aparezca, incluso si el resto de condiciones se cumpliesen. De hecho, este es uno de los muchos desafíos a los que se enfrenta la vida en planetas alrededor de enanas rojas.

Pero un nuevo estudio plantea que podría haber una alternativa. En ausencia de un ciclo de día y noche podríamos tener un sustituto que nos resulta familiar… las mareas. Al menos, esa es la conclusión a la que se ha llegado en un estudio publicado por la universidad de Harvard. Es cierto que quizá pueda haber alienígenas que no utilicen un reloj biológico, pero como no conocemos vida más allá de la Tierra, nos guiamos por la que conocemos. La nuestra.

Un día al ritmo de las mareas

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Concepto artístico de una Tierra en forma de ojo. Es posible que lugares como Próxima b sean parecidos a ésto…
Crédito: Beau. The Consortium

Así que en un planeta con rotación síncrona, sabemos que nosotros estaríamos perdidos. Somos criaturas de la Tierra. Hemos evolucionado con nuestros cuerpos regidos por el ciclo del día y la noche. La vida de mundos como Próxima b, sin embargo, podría regirse por el ir y venir de las mareas. Lo único que necesitamos es la presencia de un océano (que podría estar presente en esa zona de penumbra perpetua), y un cambio en la distancia de la órbita.

Es decir, una órbita perfectamente circular no nos ayudaría nada. Porque no habría mareas. Sin embargo, si la órbita fuese elíptica, el cambio, en la distancia a medida que el planeta da una vuelta alrededor de la estrella, sería más que suficiente para provocar la presencia de mareas. Al estar tan cerca de sus estrellas, esas mareas son mucho más intensas que las de la Tierra. Además, podrían hacer las veces de gran termómetro.

Estas mareas podrían formar lagos temporales. Además, ayudan a disipar parte del calor que se pueda generar tanto por actividad volcánica como por la cercanía a la estrella. Así que estaría imitando la evaporación periódica que observamos en la Tierra cuando el Sol sale y se pone. En cada ciclo, se concentrarían los elementos químicos necesarios para permitir la aparición de la vida. Por lo que un día, podrían llegar a emerger (en sus océanos) criaturas que no estén gobernadas por el día y la noche.

Las algas como señal de existencia

Reloj biológico de los alienígenas
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Proliferación de algas en el Lago Erie.
Crédito: NASA/J. Allen/R. Simmon

Puede sonar a cuento de ciencia ficción, pero nada más lejos de la realidad. En nuestro planeta, hay ciertas especies de peces y cangrejos que no funcionan por el ciclo solar. Funcionan por el ciclo de mareas de nuestro planeta. Además, esto también nos proporciona algunas opciones interesantes a la hora de buscar vida en planetas así. Por ejemplo, la proliferación de algas, un fenómeno muy conocido en la Tierra, podría ser muy útil.

En un mundo alienígena, la presencia de algas modificaría cómo refleja el planeta la luz. Además, lo haría en sincronización con las mareas. Pero eso no quiere decir que sea fácil de identificar. Al contrario. Aunque fuesen muy abundantes, es posible que la superficie oceánica de los planetas en rotación síncrona sean bastante pequeños. Además, seguramente estarían presentes sólo en áreas muy localizadas. Pero podría ser un primer paso.

Es posible que, llegados a este punto, te preguntes…. ¿tiene sentido un estudio así cuando ni siquiera sabemos si hay vida simple en otros planetas? Lo cierto es que sí. Aunque no podamos obtener respuestas, este tipo de razonamientos nos ayuda a preguntarnos cómo puede funcionar la vida en otros planetas. Además, nos permite incluir el comportamiento de las masas oceánicas entre los posibles factores que podemos utilizar para encontrar vida en otros mundos…

El estudio es M. Lingam, A. Loeb; «Implications of tides for life on exoplanets». Puede ser consultado en este enlace de arXiv.

Referencias: New Scientist