Muchos de nosotros esperamos que, algún día, consigamos dar con la respuesta a una de las que consideramos la pregunta del millón. ¿Estamos solos en el universo? Pero para poder responderla con propiedad, primero es necesario echar un vistazo a qué sabemos de la vida, especialmente en Marte.

Nota: este artículo es, casi en su totalidad, una traducción del artículo publicado por Smithsonian Magazine: «Would we know alien life if we saw it?». Puedes encontrar el enlace a la versión original, en inglés, al pie de esta página.

Mirando hacia Marte

Imagen panorámica del afloramiento Payson, cerca de la zona de aterrizaje de Opportunity. Crédito: NASA/JPL-Caltech/USGS/Cornell
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Imagen panorámica del afloramiento Payson, cerca de la zona de aterrizaje de Opportunity.
Crédito: NASA/JPL-Caltech/USGS/Cornell

Ahora mismo tenemos siete naves en Marte, bien explorando su superficie u orbitando a su alrededor, tomando fotos, recogiendo datos y, en general, haciendo lo que les piden los científicos desde la Tierra. Tras 15 años de presencia robótica continua, conocemos ese planeta mejor que cualquier otro lugar del Sistema Solar (salvo nuestro mundo, claro está), y los científicos planetarios tienen, por fin, una respuesta a una de las preguntas más antiguas y fundamentales: ¿Marte podría albergar vida?

La respuesta es sí, especialmente en el pasado, y quizá incluso hoy día. En 2013, menos de un año después de que Curiosity tocase tierra en el antiguo lecho de un lago (que conocemos como el Cráter Gale), John Grotzinger, el principal investigador del proyecto, anunció con confianza que habíamos encontrado un entorno habitable. Un lugar en el que, hace miles de millones de años, pudo haber cantidades considerables de agua. Aun más, el equipo científico detrás de Curiosity está convencido de que los lagos y las corrientes perduraron durante largos períodos, quizá millones de años.

Esta imagen muestra el cráter Gale y el lugar en el que aterrizó el rover Curiosity (el punto verde). Crédito: NASA/JPL-Caltech/ESA/DLR/FU Berlin/MSSS
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Esta imagen muestra el cráter Gale y el lugar en el que aterrizó el rover Curiosity (el punto verde).
Crédito: NASA/JPL-Caltech/ESA/DLR/FU Berlin/MSSS

Otro anuncio, igual de importante, tuvo lugar el pasado mes de septiembre. El agua todavía fluye en Marte hoy en día, en la superficie o muy cerca. Durante más de una década, la estrategia de la NASA a la hora de explorar Marte ha sido «seguir el agua»; el razonamiento de la agencia es que allá donde haya agua podría haber vida (no hay que olvidar que fue en el océano donde comenzó la vida en nuestro planeta). Ahora, las agencias espaciales se están preparando para lanzar misiones cuyo principal propósito es buscar evidencias de biología y, a diferencia de otras búsquedas, estas misiones podrían tener una posibilidad real de triunfar.

En los 60, la primera generación de científicos planetarios intentó diseñar un conjunto de instrumentos (para lo que se convertiría en las naves Viking de 1976) que pudiese responder de manera definitiva a la existencia de vida en Marte. Al final, fracasaron. Ahora, los científicos sospechan que los anteriores experimentos sobre biología marciana intentaban responder a preguntas que eran demasiado ambiguas o incluso incorrectas.

Cómo definir la vida

Una puesta de sol en Marte, en el cráter Gale. Crédito: NASA/JPL-Caltech/MSSS
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Una puesta de sol en Marte, en el cráter Gale.
Crédito: NASA/JPL-Caltech/MSSS

Según explica Carol Cleland, una filosofa de la Universidad de Colorado que ha dedicado más de una década a examinar la literatura filosófica y científica sobre la naturaleza de la vida. En sus palabras, si la definición es incorrecta estaremos buscando la cosa equivocada y seremos susceptibles de perdernos multitud de formas extrañas de vida.

Hace 2.000 años, Aristóteles definió a los seres vivos como aquellos son capaces de metabolizar (consumir nutrientes y eliminar desperdicios) y reproducirse sexualmente. Esa definición nos fue razonablemente útil hasta mediados del siglo XX, cuando los científicos descubrieron el ADN y comenzaron a entender que la forma de vida predominante en la Tierra es el organismo unicelular. De hecho, la vida compleja multicelular no aparece en el registro fósil hasta hace menos de mil millones de años.

Muchas criaturas unicelulares desafían las ideas aristotelianas sobre el metabolismo y la reproducción. Algunos no consumen ningún tipo de nutriente orgánico. Un tipo extraño de microbio llamado Shewanella, por ejemplo, consigue su energía metabólica utilizando «nanocables» que extraen electrones directamente de las rocas. Algunos organismos no necesitan el sexo para reproducirse, se fragmentan directamente de sus progenitores. Otros a veces actúan como si estuviesen vivos, a veces como si estuviesen muertos. Los virus, por ejemplo, pueden permanecer durmientes durante siglos en un estado cristalino.

Un concepto artístico de cuál podría haber sido el aspecto de Marte, hace 4.000 millones de años. Crédito: Didier Florentz
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Un concepto artístico de cuál podría haber sido el aspecto de Marte, hace 4.000 millones de años.
Crédito: Didier Florentz

En las últimas décadas, los científicos han encontrado muchos «extremófilos» (probablemente el osito de agua sea el ejemplo de extremófilo más conocido), que sobreviven con bastante soltura en entornos que se creían letales: en géiseres con temperaturas elevadas, en el lecho de glaciares antárticos y en la aplastante oscuridad de las profundidades del océano.

Si la vida terrestre ha resultado ser más extraña y más adaptable de lo que creíamos, ¿cómo de extraña podría ser en una biosfera alienígena como Marte?

Pero hay motivos para esperar que también encontremos organismos familiares. David Des Marais, el principal investigador de ciencia espacial y astrobiología del centro de investigación Ames de la NASA, en California, sostiene que en ningún lugar se puede hacer una defensa de la vida basada en agua y en carbono como en Marte. Nos gusta especular con que la vida pueda tener un soporte diferente al agua, y aunque no podemos negar, por completo, la posibilidad de que haya formas de vida extrañas basadas en otro elemento, el agua es particularmente favorable en Marte porque el entorno de la Tierra ha sido más similar al de Marte que al de cualquier otro planeta del Sistema Solar.

Tenemos que comenzar por algún lugar, y Des Marais y otros proponen que primero deberíamos buscar formas familiares de vida; después podremos preocuparnos de las formas de vida que no conocemos.

¿No hemos hecho esto antes?

La nave Viking 1, que se posó en Marte. Crédito: Mark Pelligrino/Wikipedia
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La nave Viking 1, que se posó en Marte.
Crédito: Mark Pelligrino/Wikipedia

El 20 de julio de 1976, en el séptimo aniversario del aterrizaje en la luna de la misión Apolo 11,  la nave Viking 1 de la NASA puso pie cerca del ecuador de Marte, convirtiéndose en la primera misión en alcanzar con éxito la superficie del planeta rojo. Seis semanas después, su gemela, la Viking 2, aterrizó un poco más al norte en el extremo opuesto. Las imágenes panorámicas de las dos naves estacionarias (en esta primera expedición no había rovers con ruedas) confirmaron la presencia de un terreno desértico sin ninguna señal obvia de vida.

Cada nave Viking estaba equipada con una pala para cavar pequeñas zanjas en el suelo marciano (en realidad, regolito arenoso bombardeado por la radiación ultravioleta, es decir, tiene poco parecido con la arenilla que encontramos en la parte superior de la superficie de la Tierra) para obtener muestras para tres experimentos dentro de la nave, que fueron diseñados para buscar evidencias de actividad biológica. El experimento de intercambio de gases alimentaba las muestras con nutrientes y agua, buscando señales de organismos que consumiesen o liberasen alguno de los nutrientes. El experimento de liberación pirolítica exponía el suelo a la luz y a una atmósfera marciana sintética marcada con carbono-14 radioactivo, después retiraba esa atmósfera y cocinaba la muestra para liberar gases que eran examinados en busca de evidencias de biomasa que contuviesen carbono-14, un vehículo de la fotosíntesis. Los astrobiólogos tenían muchas esperanzas puestas en el experimento de liberación etiquetada: las muestras se alimentaban con nutrientes orgánicos, etiquetados con carbono-14, y se monitorizaba el aire alrededor de la muestra en busca de dióxido de carbono radioactivo, que habría sido exhalado por microorganismos metabolizantes.

Carl Sagan, junto a una maqueta de la sonda Viking. Crédito: JPL
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Carl Sagan, junto a una maqueta de la sonda Viking.
Crédito: JPL

Los resultados frustraron a todos. El experimento de intercambio de gases fue negativo para los microbios, pero sugería que el terreno tiene compuestos químicamente muy reactivos. En el experimento de liberación pirolítica, una de las muestras fue positiva pero también lo fue una muestra de control que había sido esterilizada, sugiriendo que había algo más que la biología en funcionamiento. El experimento de liberación etiquetada en ambas naves detectó dióxido de carbono inicialmente, pero no en los intentos posteriores una o dos semanas después. Y el punto clave: un experimento no biológico, un cromatógrafo de gas-espectrómetro de masa, no halló rastros de materiales orgánicos en el regolito marciano. Fue una sorpresa porque las moléculas orgánicas son comunes en los meteoritos, incluyendo las rocas encontradas en la Tierra que tenían su origen en Marte, y la aparente falta de materia orgánica parecía descartar cualquier resultado positivo de los experimentos de biología. Considerando todos los resultados en conjunto, el equipo de ciencia de las Viking emitió un veredicto decepcionante: no había vida en ninguno de los lugares de aterrizaje.

¿Funcionaron bien los experimentos de las Viking? ¿El cromatógrafo-espectrómetro estaba roto? ¿La violenta radiación ultravioleta (Marte no tiene una capa protectora de ozono) o algún compuesto químico desconocido, como un oxidante alcalino potente, pudo destruir las moléculas orgánicas en la superficie del planeta rojo? ¿O el diseño de los tres experimentos biológicos estaba demasiado arraigado en suposiciones terrestres, y el tipo de nutrientes y agua de la Tierra envenenaron o ahogaron a los organismos de Marte, adaptados a un entorno muy árido y poco parecido al de nuestro mundo?

Debido a la atmósfera de Marte, el planeta es más frío de lo que lo sería la Tierra si estuviese a una distancia similar del Sol
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Debido a la atmósfera de Marte, el planeta es más frío de lo que lo sería la Tierra si estuviese a una distancia similar del Sol

Durante 40 años, los ambiguos resultados de las Viking han alimentado el debate científico. Gilbert Levin, el principal investigador del experimento de liberación etiquetada, está convencido hoy en día de que las Viking 1 y 2 encontraron evidencias de vida en Marte. La nave Phoenix, de la NASA, que aterrizó cerca del polo norte del planeta en 2008, dio nueva vida al argumento al confirmar que la composición química del suelo marciano puede destruir el material orgánico, algo que ayudaría a explicar algunos de los hallazgos de las Viking.

El principal culpable parece ser la sal de perclorato, un tipo de óxido de cloro muy reactivo encontrado en el lugar de aterrizaje de la nave Phoenix. En las bajas temperaturas que predominan en Marte los percloratos por sí mismos no reaccionarían con la materia orgánica, pero la severa radiación del planeta podría dividirlos en compuestos más reactivos. En 2013, Richard Quinn, en el centro Ames, condujo varios experimentos en los que los percloratos irradiados con rayos gamma parecían reproducir los desconcertantes hallazgos del experimento de liberación etiquetada.

Aunque los percloratos pueden destruir los compuestos orgánicos expuestos a la radiación de la superficie marciana, ¿podría existir vida microbial protegida dentro de las rocas o bajo la superficie? De hecho, el año pasado el instrumento de Análisis de Muestras en Marte (abreviado SAM por su nombre en inglés) descubrió dos tipos de moléculas orgánicas complejas en muestras extraídas de una lutita (un tipo de roca sedimentaria) en el cráter Gale. Una molécula incluso se parecía a un ácido graso que se encuentra en los muros celulares de los organismos terrestres. Aunque los científicos de Curiosity no hicieron ninguna mención sobre la vida marciana, ahora tenemos pruebas de que, bajo ciertas circunstancias, las moléculas orgánicas pueden sobrevivir en el planeta.

A dónde ir y cómo observar

Es posible que esas líneas oscuras, en la colina Burns, en el cráter Endurance, sean producto del agua líquida. Crédito: NASA/JPL/Cornell
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Es posible que esas líneas oscuras, en la colina Burns, en el cráter Endurance, sean producto del agua líquida.
Crédito: NASA/JPL/Cornell

Tanto si la búsqueda es de vida en el presente o de evidencias fósiles de vida pasada, la estrategia de «seguir el agua» sigue siendo útil. Por suerte, en los 40 años desde las naves Viking, los científicos han encontrado abundantes evidencias de agua. Los datos recogidos desde la órbita y por los rovers Spirit, Opportunity y Curiosity sugieren que el planeta tuvo un océano con un volumen de agua superior al del Océano Ártico y ese agua probablemente se desplazó a lo largo del tiempo. La inclinación del eje de Marte (algo los astrónomos definen como oblicuidad) es altamente variable y los grandes cambios de oblicuidad, que ocurren en escalas de cientos de miles o, quizás, millones de años, también podrían provocar la redistribución del agua. Esa redistribución puede explicar las características que parecen haber sido moldeadas por el fluir del agua, en la superficie, durante los últimos millones de años, mucho después de la desaparición del gran océano.

Las imágenes tomadas desde órbita, remontándonos hasta las naves Viking, han mostrado niebla matinal y bruma alzándose desde el suelo de los cañones marcianos, llevando a los científicos a teorizar que el agua líquida puede estar todavía atrapada en la superficie (incluso hay quien especula que los organismos marcianos podrían recoger el agua directamente desde la atmósfera). El pasado mes de septiembre, las imágenes de alta resolución de la nave Mars Reconnaissance Orbiter desvelaban que incluso hoy el agua (o mejor dicho, la salmuera que puede permanecer en estado líquido a temperaturas muy bajas) fluye a lo largo de pendientes inclinadas durante la primera y el verano marcianos.

El descubrimiento de que el agua líquida ha persistido en la superficie de Marte durante largos períodos da esperanza a la idea de que la vida surgió allí y encontró una manera de adaptarse a las duras condiciones, que cambiaron a medida que desaparecía el agua en superficie. En palabras de Schulze-Makuch, en cierto modo se podría decir que la vida es como una plaga planetaria. Una infestación, una vez ha comenzado, es difícil de eliminar. Invocando las famosas palabras de Carl Sagan que dicen que las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias, defiende que la afirmación extraordinaria sería que Marte siempre ha sido estéril.

En busca de nuevas respuestas

Un delta en el cráter Eberswalde. Crédito: Jim Secosky
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Un delta en el cráter Eberswalde.
Crédito: Jim Secosky

En sólo cinco años, la NASA y la Agencia Espacial Europea esperan poder probar esta idea tan optimista. La próxima gran misión a la superficie del planeta rojo es ExoMars 2018, un proyecto conjunto de la Agencia Espacial Europea y la agencia espacial rusa Roscosmos, que proporciona el cohete Proton. Actualmente prevista para aterrizar en Marte en enero de 2019 (o dos años después si la fecha de lanzamiento se retrasa, como se ha venido rumoreando), ExoMars desplegará un rover equipado con un taladro capaz de perforar a casi dos metros de profundidad. El objetivo, según cuenta Mark Sims, un profesor de astrobiología e instrumentación espacial en la Universidad de Leicester en Inglaterra, es obtener muestras de profundidades en las que hayan estado protegidas de la intensa radiación que rompería las moléculas orgánicas.

Para poder elegir un lugar de aterrizaje para ExoMars 2018, los científicos del proyecto utilizaron datos orbitales para explorar lugares con rocas sedimentarias, especialmente arcillas, que se formaron en la presencia de agua, en el antiguo lecho de un lago. La roca ideal para la muestra sería muy antigua, unos cuatro mil millones de años, enterrada la mayor parte del tiempo, y sólo expuesta recientemente a las duras condiciones de la superficie de Marte por la erosión o por algún deslizamiento de tierras reciente. El proyecto ExoMars redujo la lista de posibles lugares de aterrizaje a sólo cuatro, siendo el mejor candidato la región de Oxia Planum, una planicie llana y lisa con sólo una fina capa de polvo, por lo que más parte de la roca en superficie debería estar expuesta. Aquí, a 18 grados al norte del ecuador marciano, el rover ExoMars buscará evidencias de biología.

Encontrar fósiles visibles como los restos de bacterias que se pueden ver en algunas rocas australianas de gran antigüedad sería maravilloso, pero es altamente improbable por diversos motivos. Esos fósiles serían, casi con toda certeza, demasiado pequeños para poder ser vistos por la cámara de ExoMars. Así que del mismo modo que hicieran las naves Viking hace 40 años, el rover se centrará en la química.

El principal instrumento de detección de vida del rover se llama MOMA (por su nombre en inglés, Mars Organic Molecule Analyser, que se traduce como Analizador de Moléculas Orgánicas de Marte). Utilizará dos tipos de espectrómetro para analizar las muestras extraídas en busca de señales de moléculas orgánicas, y los científicos esperan ser capaces de distinguir los compuestos asociados con la biología de aquellos que sean no biológicos. El instrumento también analizará la quiralidad de cualquier compuesto orgánico. Los aminoácidos, y otras moléculas, existen tanto en formas de mano izquierda como en formas de mano derecha. Toda la vida vegetal y animal de la Tierra está basada en aminoácidos de mano izquierda (aunque algunos microbios pueden consumir las versiones de mano derecha de los nutrientes). Una muestra de ExoMars con una mezcla 50-50 de ambas quiralidades implicaría un origen geológico, mientras que el predominio de una quiralidad sobre la otra sugeriría un origen biológico, si es que la vida marciana también tiene una mano preferida.

Es posible que, hace 3.800 millones de años, Marte tuviese un aspecto similar a éste. Crédito: Usuario "Ittiz" de Wikipedia
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Es posible que, hace 3.800 millones de años, Marte tuviese un aspecto similar a éste.
Crédito: Usuario «Ittiz» de Wikipedia

La NASA planea lanzar su quinto rover (una copia casi idéntica de Curiosity) a Marte en julio de 2020. Aterrizará siete meses después y comenzará a buscar rocas que puedan ser selladas en un contenedor y enviadas de vuelta a la Tierra por una nave futura, que todavía no ha sido especificada. Los científicos llevan mucho tiempo esperando una misión que pueda traer rocas de Marte de vuelta a casa, para poder analizarlas aquí con herramientas más sofisticadas que las que se pueden colocar en una nave. Mars 2020 es la primera mitad de esa misión, y dependerá del rover de 2020 el identificar esa pocas rocas preciosas que tendrán la mejor posibilidad de contener evidencias de vida.

El principal instrumento de detección del rover 2020 se llama SHERLOC (por su nombre en inglés). No tocará las muestras directamente para evitar detectar vida que hayamos llevado nosotros mismos a Marte. En su lugar, este instrumento reflejará láseres ultravioleta en las rocas para provocar que sus constituyentes químicos dispersen la luz o la emitan. El espectro resultante debería desvelar las marcas químicas de cualquier molécula orgánica en las rocas. Las muestras mas prometedoras serían candidatas para ser enviadas a la Tierra posteriormente.

El equipo de Mars 2020 todavía tiene que decidir el lugar de aterrizaje, actualmente hay ocho candidatos. Elegir la ubicación apropiada es crítico, dado que esta misión en dos fases será una inversión de miles de millones de dólares. Si no se encuentra biología en el lugar de 2020, o la respuesta no está clara, como con las Viking, los más críticos podrían decir que la NASA desperdició ese dinero yendo al lugar equivocado.

Ésa es una de las muchas trampas potenciales en la búsqueda de vida en Marte. Debido a las restricciones de presupuesto, no todos los experimentos biológicos propuestos pueden volar, así que algunos buenos intentos de detectar la vida pueden quedarse sin llegar a ser probados. Un «chip de marcado de la vida», originalmente escogido para ExoMars 2018, hubiera usado anticuerpos para detectar moléculas orgánicas de manera similar a las pruebas que se realizan en el mundo médico. Pero fue descartado junto a otros instrumentos para reducir costes y peso.

Primero, no hacer daño

Imagen de nubes fotografíadas por la sonda Viking 1. Crédito: NASA/JPL
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Imagen de nubes fotografíadas por la sonda Viking 1.
Crédito: NASA/JPL

Otra restricción para los científicos que estén buscando vida en Marte son los requisitos de protección planetaria. Por acuerdo internacional, las naves que aterricen en regiones de Marte donde pueda existir agua tienen que ser limpiadas a conciencia antes de abandonar la Tierra, por miedo a exponer a posibles organismos marcianos a la contaminación terrestre o, de un modo igualmente malo desde el punto de vista científico, creando dudas sobre si el hipotético organismo marciano no procede de la Tierra. Limpiar naves grandes y complejas con calor seco es difícil y caro. Por ahora, los planificadores de misiones a Marte evitan los lugares de aterrizaje que puedan tener agua líquida aunque sean los lugares con más probabilidades de tener vida.

El equipo de una misión llamada Icebreaker, que enviaría una pequeña nave similar a Phoenix a latitudes marcianas más altas, donde el agua líquida podría existir, está probando otros métodos para eliminar la contaminación microbial, tal como la limpieza química de cualquier equipamiento que entre en contacto con la muestra. Icebreaker (ahora mismo un concepto sin fondos) llevaría un taladro capaz de perforar un metro en el suelo. Un detector de señales de vida a bordo analizaría las muestras extraídas en busca de señales biológicas: moléculas orgánicas, proteínas, polisacáridos y ácidos nucleicos incluyendo ADN.

La única forma de evitar caer en la trampa de buscar el tipo de biología que vemos en la Tierra es probar con un amplio rango de posibles firmas biológicas. Hay una diferencia entre buscar vida en Marte y buscar otro tipo de vida en Marte. La vida allí podría estar basada en carbono y aun así ser completamente extraña. La auténtica esperanza es encontrar una segunda génesis. Es decir, evidencias de vida que no esté relacionada con el árbol de la vida tal y como evolucionó en nuestro planeta.

Del mismo modo que las rocas expulsadas de la superficie de Marte, por antiguos impactos, han llegado a la Antártida, el material orgánico de la Tierra puede haber sido transportado a Marte. Si esa suposición es cierta, los microbios que pudiésemos encontrar allí podrían ser nuestros primos lejanos. De ahí la necesidad de buscar ácidos nucleicos como los de nuestro mundo.

Capa de hielo en el polo norte, captada en el verano marciano. Crédito: NASA/JPL/Malin Space Science Systems
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Capa de hielo en el polo norte, captada en el verano marciano.
Crédito: NASA/JPL/Malin Space Science Systems

La mayor parte de la biología de la Tierra está basada, aproximadamente, en unos 20 aminoácidos, pero en la naturaleza hay más de 500. Descubrir formas de vida marcianas basadas en diferentes aminoácidos señalaría a una segunda génesis, independiente de la nuestra. Lo mismo sucedería si encontrásemos vida en Marte que usase los mismos aminoácidos que los organismos terrestres, pero con quiralidad de mano derecha.

Las detecciones repetidas de gas metano en Marte son especialmente intrigantes. Comienzan con la sonda Mariner en 1969, después por la nave Mars Express y telescopios en la Tierra a principios de los 2000, y recientemente por el rover Curiosity, que detectó misteriosas emisiones breves de metano en la superficie del cráter Gale. El metano no debería estar ahí; si se originó en el pasado lejano, se hubiese disipado en la atmósfera de Marte en sólo unos cientos de años. Las detecciones sugieren que debe haber alguna fuente que lo reabastece.

Todavía no sabemos si esa fuente sería geológica o biológica. Un artículo publicado el año pasado en la revista Journal of Astrobiology & Outreach plantea dos hipótesis: el metano podría ser debido a la química de gas-agua-roca o a microbios que exhalen metano. Lo primero implicaría la existencia de entornos que ofrezcan agua líquida y fuentes químicas de energía (es decir, habitabilidad), lo segundo implicaría el descubrimiento de la vida en Marte.

El European Trace Gas Orbiter en una misión de ExoMars que será lanzada este año (que también enviará un pequeño módulo de descenso para probar la tecnología de aterrizaje de la misión de 2018) recogerá datos, desde la órbita, que deberían dar más información sobre el metano a los científicos. Es poco probable que este instrumento aclare si el origen de ese metano es biológico. De hecho, seguramente será necesario un esfuerzo de varias disciplinas y avances tecnológicos significativos para hallar la respuesta.

Aunque la idea de que haya organismos marcianos vivos que puedan estar exhalando metano ahora mismo es intrigante, no hay que centrarse tanto en encontrar algo vivo en Marte que pasemos por alto algo que fuese evidencia de que en el pasado hubo vida. Encontrar un conejo muerto sería una evidencia potente de vida en Marte, pero también lo sería el descubrimiento de una molécula de clorofila, porque aunque esa molécula no está viva no se puede llegar a la clorofila sin la vida.

Concepto artístico del Mars Science Laboratory de la NASA llegando al planeta rojo. Crédito: NASA/JPL-Caltech
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Concepto artístico del Mars Science Laboratory de la NASA llegando al planeta rojo.
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Quizá la evidencia vida pasada más persuasiva sería descubrir fósiles reconocibles, de ahí que hubiese mucho interés en los 90 cuando varios científicos creyeron que habían descubierto antiguos microfósiles de bacterias en el meteorito marciano ALH 84001, de cuatro mil millones de años de antigüedad, que fue encontrado en la Antártida. Ahora la mayor parte de los científicos creen que aquella afirmación no tenía fundamento, la mayor parte de las supuestas evidencias se pueden explicar sin recurrir a la biología.

Incluso la identificación de microfósiles antiguos en la Tierra es algo controvertido. En Australia, en los 80, se descubrió un chert (una roca sedimentaria que puede contener fósiles) que, inicialmente, se creyó que contenía los fósiles más viejos del mundo, con una antigüedad de 3.460 millones de años. Casi 30 años más tarde, los instrumentos más sofisticados y la reinterpretación de la geología local han mostrado que los «fósiles» son minerales inanimados, y no los restos de antiguas bacterias.

La identificación de vida en Marte, por tanto, es poco probable que dependa de una única imagen o un único dato. Aunque encontrar vida en el planeta rojo puede parecer una tarea casi imposible, hay motivos para el optimismo. En comparación con nuestro conocimiento en la era de los vikingos, ahora sabemos más sobre la biología, incluyendo la biología extraña, y mucho más sobre Marte. Las naves en su órbita son capaces de tomar imágenes de alta resolución y crear mapas de la mineralogía de cualquier lugar que queramos visitar. De hecho, la NASA está tan segura de que la vida extraterrestre está esperando ser descubierta, que la científica jefe de la agencia, Ellen Stofan, dijo el año pasado: «Creo que vamos a tener fuertes indicaciones de vida más allá de la Tierra en una década, y que vamos a tener la evidencia definitiva en 20 o 30 años.»

Si sucede, ¿entonces qué? Tendremos que tomar las medidas apropiadas para proteger la segunda génesis. El dilema de la protección planetaria sólo va a empeorar a medida que nuestras naves se vuelvan más complicadas (y todavía no sabemos cómo hacer una expedición humana a Marte, algo que algunos consideran nuestra mejor apuesta para encontrar vida, sin aumentar el riesgo de contaminación).

El mejor motivo para tener esperanza sobre la posibilidad de encontrar vida en Marte puede estar en las matemáticas. Quizá sólo sea una cuestión de probabilidades. Con toda seguridad, la biología está confinada a la Tierra o está en todas partes. El genial escritor de ciencia ficción Isaac Asimov dijo una vez que los fenómenos en el universo son o únicos o universales: Dos es una cifra imposible.

Fuente: Smithsonian Magazine