Dos científicos han puesto nuestra atención sobre unas formaciones de silicio atípicas, que se parecen a las estructuras formadas por los microbios que habitan alrededor de los géiseres de la Tierra…

Una foto de 2008

Una imagen tomada por el rover Spirit, cerca de la región "Home Plate" que muestra formaciones de silicio emergiendo del suelo. Podrían ser el resultado de vida microbial. Crédito: NASA/JPL-Caltech
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Una imagen tomada por el rover Spirit, cerca de la región «Home Plate» que muestra formaciones de silicio emergiendo del suelo. Podrían ser el resultado de vida microbial.
Crédito: NASA/JPL-Caltech

Antes de hablar de la noticia en sí, necesitamos remontarnos a 2008. En aquel momento, los científicos anunciaron que el rover Spirit había descubierto depósitos de un mineral llamado silicio opalino dentro del cráter Gusev, en una región llamada Home Plate. Por sí mismo, el hallazgo no es especialmente llamativo, pero la forma del silicato sí. Sus capas exteriores están cubiertas de pequeños nódulos que parecen las cabezas de una coliflor que está empezando a brotar.

No sabemos cómo se han formado esos nódulos, pero, basándose en los últimos descubrimientos en el desierto de Atacama (en Chile), Steven Ruff y Jack Farmer (de la Universidad Estatal de Arizona) explicaron en la reunión de la Unión Geofísica Americana, en diciembre, que creen que el silicato puede haber sido esculpido por microbios. Por ello, este tipo de minerales podrían ser nuestra mejor baza para dar con evidencias de la existencia de vida en el pasado de Marte.

Si tienen razón, estas coliflores de silicio podrían pasar a la historia de la astronomía como uno de los descubrimientos más importantes que hemos realizado. El problema es que, por desgracia, es difícil de demostrar cuando esas rocas están a millones de kilómetros de distancia. Quizá por ello Ruff y Farmer sólo planteen la hipótesis de que las formas de estos minerales podrían ser la señal de antigua vida marciana, y que alguien debería investigarlo en más profundidad.

Un lugar de géiseres

Esta imagen, tomada por la Mars Orbiter, muestra capas de roca en el sistema de cañones de Valle Marineris. En ella se pueden apreciar tramos de silicio opalino, como el fotografiado por el rover Spirit en el Cráter Gusev. Crédito: NASA/JPL-Caltech/Univ. of Arizona
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Esta imagen, tomada por la Mars Orbiter, muestra capas de roca en el sistema de cañones de Valle Marineris. En ella se pueden apreciar tramos de silicio opalino, como el fotografiado por el rover Spirit en el Cráter Gusev.
Crédito: NASA/JPL-Caltech/Univ. of Arizona

El cráter Gusev es una región de Marte en la que los geólogos creen que, en el pasado, pudo haber géiseres o aguas termales. Para entender cómo pudo ser esa región basta con buscar zonas hidrotermales, aquí en la Tierra, que se parezcan.

Con esa intención, Steven Ruff viajó dos veces al desierto de Atacama durante 2015. Es una meseta al oeste de los Andes que suele ser citada como el lugar más seco, que no está en los polos, de la Tierra. De hecho, a menudo se le compara con Marte porque tiene unas condiciones muy parecidas. El terreno es similar y el clima extremo también. En esa parte del Atacama caen menos de 100 milímetros de precipitación por año, y las temperaturas varían de -25º C a 45ºC. Tiene una altura media de 4.000 metros sobre el nivel del mar, y mucha de la radiación ultravioleta atraviesa la delgada atmósfera para llegar a la superficie, de una manera similar a como sucede en la superficie de Marte.

En esta imagen se puede ver el silicio del Cráter Gusev en mayor detalle. Crédito: NASA/JPL-Caltech
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En esta imagen se puede ver el silicio del Cráter Gusev en mayor detalle.
Crédito: NASA/JPL-Caltech

No es un lugar perfectamente comparable, porque el desierto tiene oxígeno respirable y formas de vida que lo habitan, pero su entorno es lo suficientemente similar para poder entender cómo fue en una época muy lejana, cuando era mucho más cálido y húmedo. Así que, cuando los geólogos se encuentran algo allí (o en cualquier otra región del planeta que pueda servir), que encaja con lo observado en Marte, concluyen que ambas cosas deben haberse formado de la misma manera. No es un método perfecto, pero es lo mejor que tenemos, al menos por ahora.

En El Tatio, una región del Atacama, hay más de 80 géiseres. La mayor parte de los animales no aguantarían demasiado tiempo por allí, pero muchos microbios sobreviven sin mayores problemas. Las evidencias fósiles sugieren que en el pasado distante ya proliferaban en la zona. De ahí, se puede inferir que la región Home Plate pudo haber tenido vida microbial alguna vez. En realidad, la comparación de Ruff va un poco más allá.

Son suposiciones

Esta imagen muestra el vapor alzándose en El Tatio, la región del desierto de Atacama en la que hay hasta 80 géiseres. Crédito: Ben Pipe Photography/Corbis
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Esta imagen muestra el vapor alzándose en El Tatio, la región del desierto de Atacama en la que hay hasta 80 géiseres.
Crédito: Ben Pipe Photography/Corbis

Las formaciones de silicio que hay en El Tatio son muy similares a las que fotografió el rover Spirit. También las hemos encontrado en el Parque Nacional de Yellowstone (en Estados Unidos), y en la Zona Volcánica de Taupo (en Nueva Zelanda). En ambos lugares, los silicatos tienen muestras fosilizadas de vida microbial. Así que, por extensión, parece lógico pensar que si los microbios esculpieron el silicio de Yellowstone y de Taupo, probablemente también lo hicieron en El Tatio. Y, por tanto, si lo pudieron hacer aquí, también pudieron hacerlo en Marte.

El inconveniente es que no siempre se puede hacer esa asociación incluso dentro de la Tierra. Algo que sucede en Nueva Zelanda no tiene por qué ser idéntico en Chile, y realizar esa misma suposición cuando damos el salto a otro planeta en el que, por ahora, no hemos encontrado vida, no es ni mucho menos fiable. Especialmente en el caso de Marte, que desde hace muchas décadas ha sido sujeto de intepretaciones sobre la vida que, siempre, han resultado ser desesperanzadoras o, directamente, falsas.

Las lecciones que podemos aprender

La nave Viking 1, que se posó en Marte. Crédito: Mark Pelligrino/Wikipedia
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La nave Viking 1, que se posó en Marte.
Crédito: Mark Pelligrino/Wikipedia

La nave Viking 1, que aterrizó en el planeta rojo en 1976, realizó los primeros experimentos, en busca de la vida. Tres de ellos fueron infructuosos. Hubo otro, llamado Labeled Release, en el que se vio que algo había absorbido la solución de nutrientes que los científicos le habían dado, y después había liberado un chorro de dióxido de carbono, como si estuviese metabolizando esos nutrientes. Por desgracia, el equipo no pudo replicar esos resultados y tuvieron que declarar el experimento inconcluso.

En 1984, se encontró un meteorito procedente de Marte en la Antártida. En 1996, el científico David McKay sugirió que ese fragmento podía contener los fósiles de antiguas criaturas marcianas. Sin embargo, se demostró poco después que esos objetos, que parecían tener forma de bacteria, y las moléculas favorables para la biología, podían haberse formado de manera abiótica. Es decir, sin la intervención de ningún organismo vivo.

Del mismo modo, el dióxido de carbono que la Viking detectó en su experimento pudo ser, simplemente, una reacción geoquímica y no biológica. Ese es uno de los grandes inconvenientes. Muchas de las señales que podrían ser una firma biológica pueden tener un origen no biológico. Para poder decir que no estamos solos, los científicos tienen que descartar todas las posibilidades no organicas antes de considerar las demás.

Hay que estudiar estas «coliflores» con precaución

Esta imagen muestra estromatolitos de cerca. Se encuentran en algunas regiones del parque de Yellowstone y son fruto de la vida microbial. Crédito: Roger Ressmeyer/Corbis
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Esta imagen muestra estromatolitos de cerca. Se encuentran en algunas regiones del parque de Yellowstone y son fruto de la vida microbial.
Crédito: Roger Ressmeyer/Corbis

A la vista de esos fiascos, hay que tener mucho cuidado a la hora de estudiar el silicio, porque sabemos que puede tener su origen en procesos no biológicos, y que los factores naturales (el agua, el viento, etc.) pueden darle aspectos muy complejos. Por ahora, Ruff y Farmer están pidiendo que se ponga más atención en esas formaciones porque creen que merece ser estudiadas más a fondo. Por ejemplo, los equipos de investigación pueden revisar a fondo los procesos que podrían haber creado estas formaciones en Marte y ayudar a eliminar las posibilidades no biológicas.

En un mundo ideal, lo deseable sería que los científicos puedan examinar, físicamente, estos materiales. El rover Spirit dejó de funcionar en 2010, pero la NASA tiene planeado tener uno nuevo para 2020, que será lanzado en unos años. Ese nuevo rover, al menos en teoría, podrá recolectar muestras para devolverlas a la Tierra. En la última reunión, para definir las posibles zonas de aterrizaje, se ha mantenido el cráter Gusev, así que no es descartable que, en un futuro cercano, podamos examinarlas de cerca.

Mientras tanto, los dos científicos continuarán sus estudios. Sus planes pasan por investigar El Tatio y ver si el silicio muestra, sin género posible de duda, el resultado del trabajo de seres vivos. Si encuentran resultados positivos, habrán hecho su cadena de suposiciones un pasito más pequeño, y, quizá, nos acercarán un poquito más a saber si alguna vez hubo formas de vida simples en el planeta rojo…

Referencias: Smithsonian Magazine