Aunque ahora mismo pueda parecer que todos los caminos llevan a Marte, lo cierto es que todavía estamos lejos de construir una base en el planeta rojo. La tecnología todavía está en pañales (o mejor dicho, disponemos de la tecnología pero no nos da garantías de poder mantener una población humana de manera estable), y además Marte está mucho más lejos que la Luna… ¿Por qué deberíamos establecer una base en nuestro satélite? ¿Y por qué no?

No es una idea nueva

Concepto artístico de la NASA mostrando un asentamiento lunar. Crédito: NASA
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Concepto artístico de la NASA mostrando un asentamiento lunar.
Crédito: NASA

Si bien toda la atención parece estar puesta en Marte, la NASA (por medio de la financiación parcial de un estudio de la empresa NexGen Space LLC) ha seguido considerando la posibilidad de volver a la Luna y establecer una base allí. La información que han publicado es interesante, por muchos motivos, y plantea interrogantes sobre qué valor podría tener utilizar nuestro satélite como punto de partida, en lugar de lanzarnos a la conquista del planeta rojo directamente.

El estudio viene a decir que, si la NASA lo quisiera, podríamos enviar astronautas a la Luna en los próximos 5-7 años, construir una base permanente de 10 a 12 años después (es decir, hacia 2035) y todo con el presupuesto existente para vuelos espaciales humanos. Dicho de otro modo, no es, ni mucho menos, una quimera. Con la ayuda de estas empresas privadas, la NASA podría reducir hasta diez veces el coste de establecer una base lunar.

A grandes rasgos, el plan propuesto vendría a ser: volver a la Luna en 2017 (con un rover). Estos vehículos explorarían los polos lunares en búsqueda de hidrógeno durante 2018, y se podría comenzar la prospección durante 2019 o 2020. La construcción de la base permanente comenzaría en 2021, con el objetivo en mente de que aterrizasen los primeros habitantes ese mismo año… Por supuesto, no es tan simple como parece. Hace falta el apoyo continuado de los gobiernos que sigan dando presupuesto a la NASA para poder trabajar en un plan de casi dos décadas y, desde el punto de vista económico, el riesgo para las empresas que decidan invertir en él es muy elevado.

Los desafíos de una base lunar

Concepto artístico de 1984. Crédito: NASA/Dennis M. Davidson
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Concepto artístico de 1984.
Crédito: NASA/Dennis M. Davidson

Por suerte para nosotros, en este artículo no se pretende cubrir las dificultades a las que se enfrentaría un proyecto así en el mundo real (de momento no hay nada propuesto en firme, simplemente se ha estudiado si sería viable, y todo apunta a que no sólo sería viable, si no que además se podría construir razonablemente rápido). Lo que queremos descubrir, en su lugar, es todo lo que haría falta tener en cuenta para construirla.

Además de su construcción, también necesitamos tener en cuenta otros factores: qué recursos podría haber en las cercanías, a qué riesgos estaría expuesta la población de la base lunar, cuánto tardaríamos en comunicarnos con ellos, y un largo etcétera.

Eligiendo el lugar idóneo

Concepto artístico de base lunar. Crédito: NASA
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Concepto artístico de base lunar.
Crédito: NASA

En principio, podríamos elegir casi cualquier lugar en la Luna, y podríamos definir objetivos arbitrarios para acotar qué zona nos interesa. A grosso modo, sin embargo, lo que más nos interesa es que sea un lugar en el que podamos aterrizar con facilidad (para las operaciones de transporte) y que tengamos a nuestra disposición recursos naturales que podamos utilizar (como óxido de hierro u oxígeno). También podríamos añadir que la variación térmica de la zona en la que nos ubiquemos sea lo más suave posible.

Partiendo de esta premisa, podemos descartar el lado oculto de la Luna. No tenemos una vía directa de comunicación (aunque podríamos colocar un satélite en el punto de Lagrange L2) y aunque parece que allí podríamos encontrar materia prima muy útil (como helio-3, que puede ser clave en la investigación de la fusión nuclear), lo cierto es que más que para nuestra base lunar, sería una ubicación ideal para un telescopios de radio y ópticos, ya que estarían protegidos de la Tierra. Además, la cara oculta de la luna no está protegida por el campo magnético de nuestro planeta.

Esta es una propuesta de módulo lunar habitable (e hinchable) de la NASA.
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Esta es una propuesta de módulo lunar habitable (e hinchable) de la NASA.

La siguiente opción en nuestra lista podría ser tanto el polo norte como el polo sur de la Luna. Hasta donde sabemos, es posible que haya agua en las zonas en sombra perpetua de ambas regiones (aunque la cantidad exacta no está demasiado clara). El eje de rotación de la Luna es casi perpendicular al plano de la eclíptica, así que el radio de los círculos polares es de menos de 50 kilómetros, y podríamos instalar estaciones de energía que estuviesen expuestas a la luz del sol prácticamente de manera constante (más del 80% del tiempo).

Mataríamos dos pájaros de un tiro: es posible que tuviésemos agua bastante cerca de nuestra base lunar, y además podríamos utilizar la energía solar como fuente de alimentación de toda la instalación. También podríamos aprovechar la estabilidad de la temperatura. Algunos cráteres que están iluminados de manera permanente tienen una temperatura media de -50ºC. Sí, es una temperatura baja, pero es comparable al invierno en la Antártida en nuestro planeta.

En este caso, un buen candidato (que no perfecto, porque el viento solar puede crear una diferencia de carga eléctrica que afectaría a todo el equipo eléctrico) sería el cráter Peary, en el polo norte de la Luna, que tiene varias cordilleras iluminadas de manera permanente, y además en su interior puede albergar depósitos de hidrógeno. No en vano, muchos lo consideran el destino más probable del primer asentamiento en la Luna (si es que sucede algún día).

Otras opciones

El polo norte de la Luna. El cráter Peary se encuentra bastante cerca del centro de la imagen. Crédito. NASA/GSFC/Arizona State University -
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El polo norte de la Luna. El cráter Peary se encuentra bastante cerca del centro de la imagen.
Crédito. NASA/GSFC/Arizona State University –

Los polos no son las únicas regiones de la Luna en las que podríamos asentarnos. Las zonas ecuatoriales también tienen sus ventajas. Por un lado, la concentración de helio-3 debería ser más alta, y la velocidad de rotación de la Luna, aunque lenta, daría un pequeño empuje a los lanzamientos que se hiciesen desde allí, además, la órbita resultante coincide con el plano de la eclíptica, prácticamente coincide con la órbita de la Luna alrededor de la Tierra, y casi coincide con el plano ecuatorial de nuestro planeta. Dicho de otro modo, sería bastante fácil viajar de la Tierra al ecuador de la Luna.

Si decidimos variar nuestra altura respecto a la superficie de la Luna, tenemos dos opciones. Podríamos poner nuestra base en órbita lunar, para evitar las variaciones de temperatura de la superficie. Una órbita lunar baja sólo dura dos horas, lo que permitiría que la base no perdiese mucho calor, y en los puntos de Lagrange L1 y L2 el entorno es aun más estable porque el Sol es visible casi de manera continua.

La otra opción es descender bajo la superficie de la Luna. En ese caso, estaríamos pensando en construir nuestra base lunar en cualquiera de los túneles de lava que sabemos que recorren la superficie de nuestro satélite. Es algo de lo que ya hablé (aunque refiriéndome a ciudades en lugar de a bases lunares) en este artículo.

Lo bueno…

Concepto artístico de una base lunar (sí, en la NASA parece que tienen fijación por crear conceptos artísticos de bases lunares). Crédito: NASA
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Concepto artístico de una base lunar (sí, en la NASA parece que tienen fijación por crear conceptos artísticos de bases lunares).
Crédito: NASA

Probablemente, la ventaja más evidente de construir una base en la Luna es que, si la usamos como base de lanzamiento, en lugar de la superficie de nuestro planeta, la cantidad de energía necesaria para poner un cohete rumbo a otro planeta o en órbita es mucho más baja (la gravedad de la Luna es sólo la sexta parte de la de la Tierra). Además, es el cuerpo celeste más cercano a nuestro planeta, a una distancia media de 384.400 kilómetros.

Por esa cercanía, la cantidad de energía/combustible necesaria para mandar objetos de la Tierra a la Luna es mucho más baja, y el tiempo de viaje es corto. Los astronautas del programa Apolo hacían el viaje en tres días, y no es descabellado pensar que con la tecnología actual podríamos viajar más rápido. Además, de una manera similar a lo que pasa con la Estación Espacial Internacional, podríamos enviar suministros de emergencia, o incluso un equipo de rescate, en un lapso de tiempo muchísimo más breve que a Marte (en pocas palabras, para poder tener presencia en Marte hace falta que seamos completamente autosuficientes en todos los sentidos).

Del mismo modo, por su distancia, la comunicación con la Luna se puede considerar prácticamente instantánea (unos 3 segundos de retraso), lo que nos permitiría tener un contacto casi normal con la población que se ubicase allí y también poder ejecutar operaciones de control remoto si fuese necesario (que también podemos hacer en la EEI cuando es necesario), y también estudiar si los humanos pueden sobrevivir en un entorno de gravedad baja durante períodos de tiempo muy prolongados. La gravedad de Marte no es tan baja (es algo más de un tercio de la de la Tierra) pero los resultados, sin ninguna duda, nos serían de ayuda.

… y lo malo

Si construyésemos una base lunar en órbita, quizá podríamos decantarnos por algo como este diseño: una esfera de Bernal. Crédito: Rick Guidice - NASA Ames Research Center
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Si construyésemos una base lunar en órbita, quizá podríamos decantarnos por algo como este diseño: una esfera de Bernal.
Crédito: Rick Guidice – NASA Ames Research Center

Pero claro, no todo es de color de rosas. Si no construimos nuestra base lunar en una zona que esté iluminada de manera casi constante (como el caso del cráter Peary) entonces tenemos que enfrentarnos a las noches lunares: dos semanas de oscuridad. El mayor problema sería, por supuesto, la generación de energía al no tener una fuente solar constante. Además, en la luna apenas hay elementos volátiles como nitrógeno o hidrógeno, y hay poco carbono (que forma óxidos volátiles). Como los necesitamos para el desarrollo de la vida, sería necesario importarlos (y reciclarlos).

La ausencia de atmósfera en la Luna también implica que está expuesta a casi la mitad de la radiación que podemos encontrar en el espacio interplanetario (la otra mitad la bloquea el propio satélite), y no estamos muy seguros de qué riesgos de salud pueden derivarse de los rayos cósmicos y la exposición al viento solar (unas dos terceras parte de la órbita de la Luna quedan fuera del campo magnético de la Tierra). Además, esa falta de atmósfera hace que algo que aquí pasa desapercibido se convierta en un problema monumental: los micrometeoritos. En la Tierra no llegan a la superficie, se desintegran en la atmósfera en forma de estrella fugaz. En la Luna, sin embargo, incluso los fragmentos más pequeños pueden dañar, y destruir, cualquier estructura que no esté suficientemente protegida.

Realizable, pero poco probable

A día de hoy, como habrás visto, construir una base lunar presenta sus dificultades, pero no parece entrar en el territorio de lo completamente imposible. Muchos astrónomos consideran que debería ser nuestra primera parada antes de intentar poner a un astronauta en el planeta rojo. No en vano, mientras las comunicaciones con nuestro satélite sólo sufren un retraso de tres segundos, con Marte ese retraso puede ser de entre 8 a 40 minutos.

Del mismo modo, tendríamos un lugar cercano del que poder expandir nuestra presencia al resto del Sistema Solar en décadas futuras, y también un lugar cercano (y razonablemente accesible) en el que conducir experimentos que nos puedan ayudar a entender cómo necesita adaptarse el ser humano para poder habitar otros mundos.

La colonización de la Luna, y de otros mundos, llegará tarde o temprano. Es el destino natural de la Humanidad si queremos sobrevivir al futuro de la Tierra y garantizar la supervivencia de nuestra especie…

Referencia: The Verge, Wikipedia