Uno de los grandes problemas a la hora de descubrir vida que no conocemos (porque sería muy diferente a lo que podemos ver, y creemos posible, en la Tierra) es que el estudio de biofirmas se ha mantenido muy estático a lo largo de los años. A pesar de décadas de avances, sigue siendo un aspecto que no ha avanzado mucho…
¿Cómo reconocer vida que no conocemos?
Uno de los grandes problemas que preocupa a los astrónomos desde hace décadas es cómo saber que podemos detectar vida en otros lugares de la Vía Láctea. El enfoque típico para detectar vida en otros mundos consiste en analizar las atmósferas de exoplanetas en busca de oxígeno, metano y ozono. Son compuestos cuya presencia es difícil de explicar sin biología de por medio (aunque no imposible). Es una idea muy atractiva, pero tiene un problema: todo parte del estudio de la Tierra. Algo que, inevitablemente, nos lleva a buscar vida como la que sí conocemos.

La lista de formas en las que solo la química puede imitar esas biofirmas crece más rápido que la lista de nuevas maneras de detectar vida. Cada posible falso positivo exige más datos sobre el planeta para poder descartarlo. Así que existe una duda muy real sobre si es posible llegar a recopilar toda la información necesaria para conseguir respuestas. Después de más de seis décadas de astrobiología, el concepto de las biofirmas apenas ha cambiado. Eso es, precisamente, lo que intenta cambiar un grupo de investigadores.
Su planteamiento parte de algo conocido como la teoría del ensamblaje. Surge de un planteamiento diferente, porque la teoría del ensamblaje no se pregunta qué moléculas podemos encontrar en una atmósfera. En su lugar, se pregunta lo difícil que puede ser crearlas. A cada molécula se le asigna un índice de ensamblaje, la cifra mínima de pasos necesarios para formarla a partir de los bloques químicos básicos. Las moléculas simples son fáciles de ensamblar por medio del azar. Las complejas, sin embargo, requieren muchos pasos secuenciales.
El dilema de las moléculas complejas
Es decir, esas moléculas no aparecen sin que haya algo que realice una selección deliberada. El planteamiento de la teoría es, además, muy lógico. Si se descubre una atmósfera rica en moléculas difíciles de construir de forma aleatoria, y con una química que muestra señales de una relación muy profunda, quizá haya vida implicada de por medio. Esas señales serían moléculas que comparten y reutilizan fragmentos químicos. Sería una señal de que ha intervenido algo más que la física ordinaria (y, por tanto, lleva a pensar en esa posibilidad de vida).
Lo más interesante es que la teoría no hace suposiciones sobre qué es esa vida. No asume ningún metabolismo, bioquímica o funcionamiento molecular en particular. Es, en términos de los propios investigadores, agnóstica respecto a la forma concreta en la que se manifiesta la vida. Es decir, lo único que indica todo este planteamiento es dónde podríamos esperar encontrar vida. Al comparar la atmósfera de la Tierra con las de Venus, Marte y diversos arquetipos de exoplanetas, la atmósfera terrestre es la más compleja según esta medición.
La Tierra y Venus tienen una variedad parecida de enlaces químicos disponibles, y sin embargo la atmósfera de nuestro planeta contiene una diversidad molecular mucho mayor. Esto indicaría que la biosfera terrestre, al parecer, permite una exploración mucho más profunda de las posibilidades químicas de lo que es posible en Venus. Este marco de trabajo se está diseñando pensando en el telescopio HWO (Telescopio de Mundos Habitables). El próximo gran telescopio de la NASA, que podría volar en algún momento de la década de 2040.
Una búsqueda que está lejos de dar resultados tangibles
Este telescopio tiene como gran objetivo obtener imágenes directas de planetas similares a la Tierra y analizar sus atmósferas en busca de señales de vida. Los investigadores plantean que un análisis que use la teoría del ensamblaje daría como resultado una puntuación de complejidad. Aunque no nos diría directamente si ese mundo tiene vida o no, sí permitiría colocar a cada planeta en un espectro que va desde entornos donde la vida no parece implicada de ninguna manera plausible a otros donde sucede todo lo contrario. Además de la transición entre ambos extremos.

Además, a diferencia de otros marcos teóricos de biofirmas, esto es algo medible de manera directa. Los valores de ensamblaje se pueden obtener a partir de la espectroscopía infrarroja. Es la misma técnica que ya utilizan los telescopios espaciales para estudiar las atmósferas de exoplanetas. Teniendo en cuenta que el universo tiene casi 14 mil millones de años, es difícil pensar que la vida haya aparecido solo en nuestro planeta. Al mismo tiempo, no basta con ese razonamiento para suponer que debe haber vida en otros lugares de la galaxia.
Hace falta demostrarlo, aunque cada vez haya más argumentos para pensar que la Tierra podría ser solo un mundo habitado entre muchos otros. De hecho, tanto el descubrimiento de vida lejos de nuestro planeta, como su ausencia, serían historias igual de sorprendentes. Tendrían implicaciones muy diferentes, pero ambas respuestas serían tremendamente interesantes. Aunque puestos a elegir, la idea de que podamos ser parte del único planeta habitado de todo el universo observable es mucho más deprimente que la de vida en muchos lugares…
Estudio
El estudio es S. Walker, E. Janin, E. Shkolnik y L. Slocombe; «Searching for Life-As-We-Don’t-Know-It: Mission-relevant Application of Assembly Theory for Exoplanet Life Detection». Puede consultarse en arXiv, en este enlace.
Referencias: Universe Today