La modestia cósmica en un universo fértil

Abraham Loeb tiene un concepto interesante en mente. La modestia cósmica. Este conocido astrónomo, cree que debemos reconsiderar cómo estamos buscando vida en el universo. Y lo cierto es que su planteamiento no carece de lógica…

La modestia cósmica

Concepto artístico de la superficie de Próxima b.
Crédito: ESO/M. Kornmesser

Abraham Loeb es un astrónomo de la Universidad de Harvard. Además, es el director del Instituto de Teoría y Computación. Está en el Centro de Astrofísica Harvard Smithsonian. Por si todo esto no fuera suficiente, es también uno de los investigadores clave en el proyecto Breakthrough Starshot. Ese ambicioso proyecto que, en sólo unas décadas tiene como objetivo enviar una pequeña nave microscópica al sistema vecino de Alfa Centauri.

El planteamiento de su ensayo es muy simple. Hay muchas razones para ser modesto. En realidad, la frase la aplica al día a día y la vida en general. Pero no le falta razón en una cosa. Astronómicamente hablando, hemos encontrado otro motivo para esa modestia cósmica. La riqueza del universo que nos rodea. No sólo en la Vía Láctea, el Sistema Solar o la Tierra, si no también en otras estrellas alrededor nuestro y en lugares mucho más remotos.

Hasta la llegada de la astronomía moderna, se pensaba que el mundo giraba alrededor nuestro. En un sentido estrictamente literal. La Tierra era el centro de todo. Sería un error pensar que esa conclusión fue necesariamente fruto del egoísmo humano. Al contrario, es un punto de inicio muy natural. Especialmente si tenemos en cuenta qué es lo que vemos a nuestro alrededor. Sin ninguna herramienta más que nuestros ojos, y poco conocimiento, es fácil pensar que todo gira alrededor de nuestro mundo.

Del centro de atención a una esquina remota

Concepto artístico de los siete planetas de TRAPPIST-1.
Crédito: NASA

Pero, a medida que nuestro conocimiento se acumulaba y se ampliaba, comprendimos que la realidad era diferente. Observar el cielo nos permitió comprender que la Tierra es sólo un planeta más alrededor de una de tantas estrellas. Nos permitió entender que el Sol es, a su vez, una de tantas estrellas. De hecho, una estrella relativamente modesta. Es una enana amarilla. Así que ni siquiera forma parte del grupo más abundante de estrellas: las enanas rojas.

Hemos aprendido que el Sol gira alrededor del centro de la galaxia. E incluso la galaxia está en movimiento. Se va acercando, muy lentamente, hacia la galaxia de Andrómeda. De hecho, en un futuro lejano, terminará colisionando con ella. De ahí nacerá una nueva galaxia. Aunque no hay que alarmarse. Por un lado, estoy hablando de algo que sucederá dentro de unos 6.000 millones de años. Y además, las colisiones entre galaxias suenan peor de lo que realmente son.

Pero hay un campo en el que ese proceso parece estar atascado. En el universo biológico. Seguimos siendo el centro. No necesariamente el hombre. No me refiero a que como sociedad creamos que todo gira alrededor del ser humano (aunque desde luego sería un asunto más que debatible). Si no a que, biológicamente hablando, consideramos que somos especiales. Hasta cierto punto, razón no nos falta. Somos el único planeta habitado… que conocemos (¿por ahora?).

Un universo fértil

Esta imagen del telescopio Hubble muestra algunas de las galaxias más distantes del universo.
Crédito: NASA

Así llegamos a la modestia cósmica. Sabemos que en cuanto a lo físico, no somos especiales. Vivimos en un planeta cualquiera de una estrella cualquiera. En una galaxia cualquiera. Entre miles de millones de galaxias. Cientos de miles de millones (o hasta billones) de estrellas en nuestra galaxia. Entre billones (o más) de planetas que dan vueltas alrededor de sus respectivas estrellas. Exactamente igual que nuestro mundo.

Biológicamente, quizá no sea descabellado asumir que pasa exactamente lo mismo. Pero adoptar esta perspectiva de la modestia cósmica tiene una implicación. Supone admitir que no estamos solos. Así que debería haber vida en otros lugares. Tanto en forma primitiva como inteligente. Esa esa la conclusión de la modestia cósmica. Si la vida existe en otros lugares, seguramente debamos buscar todas sus posibles formas.

Nuestra civilización ha llegado a un punto importante. Ahora tenemos tecnologías para la búsqueda de vida extraterrestre, que eran inimaginables hace no tanto tiempo. Herramientas que nos permiten buscar vida tanto inteligente como primitiva. De hecho, la búsqueda de vida primitiva ya lleva algún tiempo en marcha, y está bien financiada. La búsqueda de vida inteligente, sin embargo, está recibiendo un tratamiento muy diferente.

La perspectiva de la Tierra

Un ejemplar de ciervo rojo.
Crédito: Wikimedia Commons/Bill Ebbesen

Si partimos de la base de que, biológicamente hablando, no somos especiales, entonces parece evidente que nos encontramos ante un craso error. La Tierra es el único planeta habitado que conocemos. Y lo que hemos visto es que tanto la vida primitiva como la inteligente conviven aquí. Suponer que no se da ese mismo caso en otros mundos es, a todas luces, un error. De hecho, es posible que la excepción sea precisamente la contraria. Que sólo haya ciertos mundos que no tengan vida primitiva (o inteligente).

Nuestras primeras señales de radio están camino de alcanzar los 100 años-luz de distancia. Quizá recibamos una respuesta tarde o temprano. Pero lo que parece claro es que no deberíamos guiarnos por la paradoja de Fermi. Tampoco por argumentos filosóficos sobre la frecuencia de la inteligencia. En su lugar, Abraham Loeb cree que deberíamos invertir en mejores instalaciones. El objetivo debería ser buscar una amplía variedad de señales artificiales.

´Las civilizaciones, que estén en un nivel tecnológico similar al nuestro, producirán probablemente señales débiles. Por ejemplo, una guerra nuclear, en el planeta más cercano al Sistema Solar, no sería visible ni para nuestros mejores telescopios. Pero las civilizaciones muy avanzadas podrían ser detectables incluso en los confines más alejados del universo. La evidencia de una civilización alienígena quizá no sea una comunicación por señales de radio.

Estar solos en el universo y la modestia cósmica

La modestia cósmica

Concepto artístico de una esfera de Dyson.
Crédito: Adam Burn

En su lugar, es posible que detectemos artefactos en ciertos planetas. Señales de contaminación en una atmósfera. O luces artificiales que iluminan sus noches. Quizá ráfagas de radiación que recorren todo el firmamento. Puede que incluso detectemos sus propios intentos de encontrar con civilizaciones más simples. Quizá con las que todavía no dominan el vuelo interestelar. O simplemente con aquellas que les pueden ayudar a comprender su propio pasado.

Responder a la pregunta de si estamos solos es muy importante. No es una simple cuestión filosófica. Al contrario, esa respuesta, sea la que sea, cambiará nuestra perspectiva sobre el universo. Cambiará nuestra percepción de nuestra propia existencia. Si la respuesta es que sí, que estamos solos, no es descabellado pensar en la aparición de movimientos radicales y sectarios que busquen magnificar al ser humano aun más.

Pero si la respuesta, como creemos muchos, y como todo parece apuntar, es que no, que no somos únicos, todo cambiará para siempre. Se abrirán nuevos campos de investigación interdisciplinaria. A saber, cosas como astrolingüística, astropolítica, astrosociología, astroeconomía… Si eso sucediese, nuestra propia sociedad daría un salto de conocimiento tremendo. Podríamos aprender mucho de civilizaciones mucho más viejas que la nuestra.

La modestia cósmica y la fertilidad del universo

Recreación de un atardecer en el exoplaneta Gliese 667Cc. En un sistema solar triple.
Crédito: ESO/L. Calçada

El telescopio Kepler, y su observación de las estrellas cercanas, ha sido muy importante. Sus observaciones nos han permitido concluir cosas muy interesantes. Por ejemplo, creemos que, en todo el universo observable, puede haber más planetas habitables, con una masa similar a la de la Tierra, que granos de arena en las playas de nuestro planeta. Es posible que el ejemplo te resulte familiar… Creemos que, del mismo modo, hay más estrellas en el universo observable que granos de arena en la Tierra.

En el último año, hemos descubierto la existencia de Próxima b. Además, también hemos encontrado tres planetas potencialmente habitables. Forman parte de un sistema de siete alrededor de una estrella llamada TRAPPIST-1. Si la vida se formó en uno de ellos, es muy posible que se haya transferido a otros. Estas estrellas enanas, que tienen masas de sólo el 10% (y menos) del Sol, son increíblemente longevas.

El Sol, una enana amarilla como decía anteriormente, tendrá una vida de unos 10.000 millones de años. Es mucho tiempo en la escala humana. Muchísimo de hecho. Tanto que seguramente no podemos imaginarlo con la perspectiva adecuada. Pero las enanas rojas como TRAPPIST-1 o Próxima Centauri pueden vivir hasta 10 billones de años. Así que pueden ofrecer una oportunidad excelente para la vida.

La vida en enanas rojas

Concepto artístico de una enana roja con un planeta habitable.
Crédito: Christine Pulliam (CfA).

Esto nos lleva a otra conclusión que parece lógica. ¿Es posible que la vida, en este momento de la historia del universo, tenga más probabilidades de aparecer alrededor de estrellas como el Sol? Si analizamos la habitabilidad del universo a lo largo de su historia podemos encontrar la respuesta. Desde la aparición de las primeras estrellas, 30 millones de años después del Big Bang, hasta el futuro lejano dentro de billones de años.

Al hacerlo, la conclusión es inevitable. A menos que la habitabilidad en torno a enanas rojas sea imposible, la vida aparecerá en torno a enanas rojas en algún momento. Quizá dentro de billones de años en el futuro. Puede que, en ese entonces, mundos como los de TRAPPIST-1 o Proxima Centauri estén habitados. Muchísimo tiempo después de que el Sol se haya convertido en una enana blanca y el Sistema Solar en un recuerdo lejano.

Sabemos que no es suficiente con que un planeta esté a la distancia apropiada de su estrella. Además de una temperatura apropiada en su superficie, hace falta una atmósfera. Sin ella, no podemos tener agua en estado líquido. El ejemplo más cercano lo tenemos en Marte. Sólo tiene una décima parte de la masa de la Tierra, y perdió su atmósfera hace miles de millones de años. ¿Próxima b tiene una atmósfera? ¿o es una roca desierta?

La realidad de otros mundos

En este concepto artístico, los rayos X y la luz ultravioleta extrema de una joven enana roja provocan que los iones se escapen de la atmósfera.
Crédito: NASA Goddard/Michael Lentz/Genna Duberstein.

Lo cierto es que, al menos por ahora, no lo sabemos. Pero, si la tiene, su presencia, y la del agua líquida que pueda albergar, servirá para reducir el contraste de temperatura entre sus hemisferios, que están en un día o noche permanentes. El telescopio espacial James Webb, que será lanzado en octubre de 2018, será capaz de distinguir ese contraste. Podrá decirnos si Próxima b es una roca desierta o, por el contrario, tiene un clima moderado, con una atmósfera y, posiblemente, un océano.

Los elementos pesados que formaron la Tierra se produjeron en la explosión de una estrella masiva cercana. De hecho, si tienes alguna pieza de oro o plata en tu casa, deberías saber que tienes material procedente de la explosión de estrellas que murieron hace miles de millones de años. Es más, incluso nuestros propios átomos, los que componen nuestros cuerpos, proceden de esas mismas explosiones. Los átomos de tu mano izquierda vinieron, con toda probabilidad, de una estrella diferente a los de tu mano derecha.

Así que, siendo frívolos, podemos decir que la modestia cósmica nos recuerda que no somos más que otro aspecto que puede tomar el material del universo. Durante un brevísimo período de la historia del cosmos, pululamos por la superficie de uno de tantos mundos. La vida es el fenómeno más increíble que hay en la Tierra. Pero quizá tengamos que plantearnos que, por increíble que parezca, seguramente es muy habitual y común en otros lugares…

Qué nos dice el universo y la ciencia

Concepto artístico de una exoluna similar a la Tierra alrededor de un planeta gaseoso.
Crédito: Frizaven/Wikipedia

En este punto, quiero rescatar el caso de HH 212. Sí, seguramente no te dice nada. O aún peor, te suena a chino. Pero esas siglas son las que reciben un jovencísimo sistema estelar. Tiene apenas 40.000 años de existencia. En su disco de material, hemos encontrado moléculas complejas orgánicas. Metanol, metanol deuterado, metanotiol y formamida. Son elementos que los investigadores consideran precursores de las biomoléculas.

De ellos surgen los aminoácidos y azúcares. Seguramente, se forman dentro de esos discos planetarios, en forma de granos congelados, y se liberan en forma de gas gracias al calor de la estrella. O por algún otro mecanismo que todavía no comprendemos. No es el primer hallazgo de este tipo. Y todo apunta en la misma dirección. Los bloques que permiten dar lugar a la vida están presentes en el universo.

Están en la formación de nuevos sistemas, así como de sistemas que se formaron hace miles de millones de años. Así que la receta para la vida parece tan elemental como la que permite que haya estrellas y planetas alrededor nuestro. El planteamiento de la modestia cósmica nos lleva a una pregunta incómoda. Porque claro, si todo esto es tan abundante, tan popular y tan ordinario. ¿Por qué no hemos encontrado a nadie?

La búsqueda de vida extraterrestre

Recreación artística de Kepler-186f.
Crédito: NASA Ames/SETI Institute/JPL-Caltech

Nuestra tecnología sigue avanzando. Seguramente, en unos años (o décadas), veremos de una manera diferente los mejores métodos para intentar encontrar señales de seres vivos. Sabemos que no somos el centro del universo. Ni siquiera nuestra galaxia lo es. Hay otros 100.000 millones de galaxias (posiblemente más), en todo el universo observable. No hay nada que nos diga que la vida tiene que estar necesariamente cerca nuestro.

Y todavía estamos trabajando en mejorar nuestras herramientas. Nuestra existencia, cósmicamente hablando, es muy reciente. Para una civilización muy avanzada, que pueda estar buscando vida en otros lugares de la galaxia, no hay constancia de nuestra presencia. Nuestras señales de radio todavía están muy cerca de nuestro hogar. De hecho, en términos cósmicos, podríamos decir que todavía no han salido del jardín.

Descubrir si estamos solos, o no, será un cambio tremendo. Quizá no lo veamos en nuestras vidas. Quizá esa respuesta le corresponda a nuestros hijos. O a nuestros nietos. Pero una cosa está clara. La propuesta de Abraham Loeb, de la modestia cósmica, es una que nos invita a pensar que si la aparición de la vida no es rara, el gran descubrimiento que muchos ansiamos podría estar a la vuelta de la esquina. El tiempo lo dirá…

Referencias: Scientific American, Centauri Dreams

Alex Riveiro

Amante de la astronomía. Hablo de todo lo relacionado con el universo y sus conceptos de una manera amena y sencilla. Desde los púlsares hasta la historia de la astronomía en Al-Andalus.

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